ETIQUETAS Y PREJUICIOS Las etiquetas conducen al estigma y al rechazo

01 de diciembre de 2017..

Las etiquetas están presentes en casi todos los aspectos de la sociedad avanzada en la que vivimos. Tenemos etiquetas por todos sitios, y con todo tipo de utilidades. Hay etiquetas que nos informan para ayudarnos a decidir, etiquetas para decirnos qué marca es el producto que compramos, etiquetas en la ropa para saber las tallas, y etiquetas para decir lo que podemos hacer o no podemos hacer con ese producto. Estamos tan acostumbrados en las sociedades avanzadas a las etiquetas y a su presencia abrumadora que sin ellas podemos parecer tontos. No sabríamos comprar ni unos calcetines.

Esta sociedad vive con mucha dependencia del orden escrito, y nadie con sentido común discute la necesidad de las etiquetas. Son imprescindibles si no queremos parecer tontos. Esta realidad ha creado una conquista en la que no ha habido ninguna oposición, y las etiquetas han traspasado las fronteras de los productos. Las etiquetas también se las hemos puesto a las personas.

No vienen de fábrica, y la mayoría de las personas no reconoces poner etiquetas a cada uno de nosotros y nosotras. Dicen que no. ¡Que no juzgan a las personas por su vestimenta! ¡Dicen que no señalan a nadie por su físico! ¡Que no discriminan por su raza o por su forma de pensar!. Yo digo que… ¡Y una mierda! Eso sólo son palabras que demuestran la hipocresía de la sociedad.

Las personas van por la calle poniendo etiquetas sin parar, y este adoctrinamiento y domesticación fruto de la sociedad en la que vivimos ha conseguido que se pongan las etiquetas sin que nadie nos obligue. Se asignan sin cesar y a discreción, y según las etiquetas ya emitimos un prejuicio de si esa persona es aburrida, es vaga, está loca, es sucia, es racista, o es una pervertida, entre otros. Son todos éstos adjetivos que, si os habéis dado cuenta, etiquetan de manera negativa, porque la mayoría de las veces que se etiquetan a las personas es con sentido de menosprecio, de querer ridiculizarlos o decir que son peores que nosotros. Las etiquetas positivas, como ser una persona educada, colaboradora, competitiva, respetuosa, digna, se usan en mucha menor duda, y todo ello sin darnos cuenta de que establecer una etiqueta preconcebida va a marcar nuestra relación con esa persona y lo que podemos pensar de ella con sólo verla, sin haber intercambiado nunca ni una mísera palabra.

Hay muchos tipos de ejemplos que os podría escribir. La sociedad le tenía etiqueta a las personas que llevan crestas punkys de colores, o a las personas que llevan muchos tatuajes por todo su cuerpo, pero muy pocas veces etiquetan a los que van con corbata y traje. Por mi trabajo, conozco muy bien estos tres sectores dichos de ejemplo desde hace muchos años, y os puedo decir que en el último de todos éstos es donde he encontrado el mayor número de personas sin escrúpulos que no tienen mi confianza. Curiosamente, es el sector casi sin etiquetas.

Quizá podría suponer que precisamente son los sectores sin etiquetas aquellos que promueven las etiquetas. Desde un punto de vista de clase social, les aporta beneficio porque las etiquetas conducen a los estigmas, al rechazo, y las personas etiquetadas puede llegar un momento en que se den por vencidos o resignados, cansados de que les traten con suspicacia y reparo por el mero hecho de llevar una cresta, tatuajes que le llenan el cuerpo, o vestir con tendencia alternativa, y escogen apartarse de esa parte indeseable de la sociedad.

Es cierto, y yo no voy a negarlo, que imbéciles hay en todos sitios. Puede haber personas imbéciles con corbata, y también puede haber imbéciles con tatuaje o crestas, pero no es el peinado, no es el tatuaje, no es la corbata, el culpable de que sea imbécil. Es aquella persona, que de por sí es imbécil, pero no es debido a sus rasgos o sus características.

Otro tipo de etiquetas las encontramos en el sexo. En realidad, el sexo está lleno de etiquetas. Las etiquetas tienen como objetivo marcar a la persona con una condición sexual, hetero, gay, lesbiana, transexual, o bisexual, entre otros. Una vez establecida esta etiqueta, resulta que no es la única, y se añaden otras etiquetas, diciendo si es una persona morbosa, pervertida, dominante, sumisa, viciosa, o una combinación de todas a las que se suman el interminable elenco de prejuicios que tiene esta hipócrita sociedad. las etiquetas hacen que cualquier fantasía, cualquier propuesta, suena a tabu escandaloso, indecente, como si fuera algo clandestino, oculto, reductivo. Sin embargo, en noviembre de 2017 pusieron en la televisión la película "50 sombras de Grey", y resultó que fue la película con mayor audiencia televisiva de todo año e incluso de los últimos dos años, pero preguntas a la gente y nadie la vio. ¡Es curioso! Simplemente, de este tema no se habla, no se reconoce, porque lleva etiqueta.

De todas estas etiquetas que hemos hablado en este artículo, sólo son válidas aquellas que nos ayudan a saber la talla de los calcetines.

El resto de las etiquetas, dicho en este lenguaje sabio y popular de la calle, se pueden ir a la puta mierda. Yo no impongo etiquetas, y no creo en las etiquetas. Hablo con toda la gente, y me da igual con quien follan o cómo visten. Porque todas estas etiquetas restantes no son útiles. Nos hacen ser muy injustos con la gente y conducen a un montón de equivocaciones. Confíamos de quien no deberíamos de fiarnos, desconfiamos sin razón de excelentes personas, y generamos una desigualdad que no aporta nada de positivo, incluso a nosotros mismos.

En mi opinión personal, y en mi libertad de decisión, yo no dejo que las etiquetas sociales impuestas por vete a saber qué mente retrógrada hace años conduzcan mis decisiones. Asumo que, como todos y todas, me encuentro de vez en cuando algún o alguna imbécil que lo mejor es tenerlos muy lejos. Sí, esto ocurre, nos ocurre a todos, pero si estuvieran desnudos o desnudas seguirían siendo imbéciles, lo que demuestra que no es su forma de vestir el que los ha convertido en personas despreciables.

Las etiquetas sólo tienen por objetivo crear división y diferencias, y yo no las comparto, no las practico, no las apoyo y no las defiendo, de ninguna manera, ni personal ni profesional.

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