ESPECTÁCULOS El morbo por ver accidentes en espectáculos y competiciones

18 de enero de 2018..

Los espectáculos de motor llenan recintos y estadios hasta el último asiento. Lo he podido comprobar muchos años en todos los eventos de este tipo que me ha tocado cubrir. Se debe de comprobar que en la mayoría de las ocasiones son unos shows espectaculares pensados para atrapar la atención del público, cuidando hasta los pequeños detalles. Me ha dado la impresión de que todo está perfectamente estudiado y planificado.

No es una cuestión sólo de adelantamientos o de ver quién gana. ¡Hay! ¡El público quiere más!. Se cuida la estética, la belleza de los vehículos acorde a su categoría, la visión del espectáculo, e incluso el ruido. Las motos de grandes competiciones como pueden ser MotoGP o las SuperBikes, o en automovilismo como es la Formula1, hacen mucho estruendo. No son los motores de estos millones de automóviles que llenan nuestras calles cada día. ¡No!. Es distinto, un rugir mucho más potente, una energía muy inquieta, un sonido muy enérgico, y todo a un volumen que sorprende la primera vez. Al fin y al cabo, son vehículos con características adaptadas a su exigencia de mayor velocidad y de victoria. No sirve otra razón.

Yo me acuerdo a título personal de la primera vez que cubrí los Monster Jam. El perímetro de seguridad que establece la organización desde su época moderna es muy grande, en todo el recinto. También hay perímetros de seguridad muy grande en los grandes premios de automovilismo y de motos, pero hay zonas del circuito en las que puedes colocarte con una cierta cercanía. Esto no ocurre en los Monster Jam.

Recuerdo que, justo antes de aparecer los vehículos, los petardos que rodean los laterales hicieron saltar del susto a más de un espectador y espectadora. Son unas tracas que quien no ha acudido nunca a estos espectáculos les pilla los sorpresa, y justo al terminar, en medio del jolgorio y la ovación del publico, se escucha el atronador rugido de sus motores.

¡Brutal! ¡Descomunal! ¡Son 1.500 caballos de fuerza! A simple oído es difícil decir si suena más fuerte la traca de los petardos iniciales o los motores. Retumban por todo el estadio.

Los rugidos de los motores, la velocidad, el poderío de los vehículos, los fans aclamado a sus ídolos que sobre la pista buscan la victoria, forman parte del gran atractivo que tiene esta temática deportiva. La gente quiere ver a sus ídolos ganar, y espera verlos sobre el podio, celebrando Copa en mano la victoria. La gente quiere ver la velocidad, ese zumbido grave que apenas te da tiempo a ver qué piloto es si te has despistado. El público quiere ver los vehículos a velocidades de 300km/h o superiores. Quiere ver las motos adelantándose con pocos centímetros de espacio a toda velocidad, quiere ver los Fórmula1 en paralelo buscando tener la trayectoria para el adelantamiento, quieren ver las derrapadas en los rallyes, quiere ver los increíbles saltos por encima de los cinco metros de altura que son capaces de dar unos Monster Jam de un peso mínimo de cinco toneladas, y quiere verlos ganar.

Hasta aquí ¡todo bien!. Este es el lenguaje correcto, y la parte noble de la afición deportiva en la grada. Sin embargo, los deportes de motor tienen una parte peligrosa, que son los accidentes. Es un riesgo lógico cuando se va al límite, tanto humano como la maquinaria. Los accidentes es esa parte que deberían evitarse. Es un momento de gran peligro para los deportistas.

Sin embargo, muchas veces tengo la impresión de que esta no es la consciencia de la mayoría de la afición. Todavía recuerdo la primera vez que vi un accidente en una competición deportiva. Yo era muy joven, pero recuerdo que la afición, justo a mi espalda, se alegró. Lo celebró. Yo era inexperto, y me sorprendió. Pensé que quizá lo hacían de broma entre ellos, pero el tiempo me ha demostrado que la realidad es muy distinta.

Con el paso de los años adquirí mayor experiencia, y no tarde en aprender esa extraña emoción del morbo por los accidentes. Un gran número de aficionados quiere ver accidentes. Siempre, en todos los accidentes, en las caídas de los motoristas, en los impactos de los vehículos, o en las vueltas de campana de los coches de rallies, hay alguien que lo celebra. ¡Y no es sólo uno, o una! ¡No! Son muchos. ¡Gritan contentos! ¡Se alegran!.

Doy por supuesto, confiando en el sentido común y en la nobleza si todavía existe, que nadie de estas personas quiere que el deportista sufra alguna lesión. ¡Así lo espero! No es que tenga una confianza completa en una sociedad que me ha defraudado en muchas ocasiones, pero supungo que aún conservan el suficiente uso de la razón como para no llegar a ser tan asquerosos indeseables.

En mi opinión personal, y por lo experiencia profesional, esta parte de la afición siente un morbo curioso por ver los accidentes. Le gusta ver los accidentes.

A nivel social, estamos acostumbrados a esta realidad. Sabemos que existen, y la mayoría de las personas han sufrido un accidente circulando en algún momento de su vida. Otras personas, aquellas que no conducen, los han visto en la calle, en la carretera, o en la televisión, y la gente mira. Hay personas incluso que se paran, y se quedan mirando como si estuvieran viendo una película en el cine.

Aún a pesar de estos innegables hechos, si preguntamos a la mayoría de la sociedad por si les da morbo ver accidentes nos responderán que no. Muy pocas personas asumirán que los seres humanos tenemos este defecto. ¡Al menos, ellos y ellas, los preguntados, no! ¡Los demás, sí, entonces sí!.

Esta educación viaria que nos ha conducido hacia una falta de sensibilidad extrema a los accidentes nos ha despertado un morbo de dudoso gusto por contemplar estas imágenes. ¡Somos insensibles! ¡Hay decenas de miles de accidentes en todo el mundo durante un día! Muchos no se cuentan porque en los países poco desarrollados no disponemos de estadísticas, pero allí también hay accidentes, a pesar de no sumarse o no tener ninguna repercusión mediática. .

El hecho de no tener ni la más mínima sensibilidad a los accidentes lo demuestra también la forma de conducir de muchos y muchas subnormales. Hay gente que conducen drogados, que conducen borrachos, que conducen creyéndose que son los reyes de la carretera, sin importarles una puta mierda su vida propia o, lo que es peor, la vida de los demás. Hay subnormales que se dan a la fuga, y les da igual a estos putos capullos y capullas si han matado a alguien, si está sangrando, o si necesita ayuda. ¡El egoísmo y la estupidez por encima de todo!.

Los accidentes son parte de la vida. Es la realidad, y en los eventos deportivos me he llegado a preguntar qué ocurriría si no hubiera ningún accidente. Nos deberíamos de imaginar competiciones en las que los pilotos de motos no sufren caídas, vehículos que no se incendian, coches que no dan vueltas de campanas, o automóviles que no se estrellan, por ejemplo. Sabemos que todos estos detalles existen, y somos incapaces de imaginarnos carreras sin estas condiciones. Peor todavía sería comprobar la triste sospecha de que el interés televisivo, la audiencia y un porcentaje de la afición, iba a decaer.

Yo no tengo la más mínima duda. El morbo por los accidentes existe, y seguirá existiendo, porque seguimos educando en este morbo. En los espectáculos y competiciones de motor hay muchos niños y niñas. Hay muchas familias, que llevan a sus hijos para que vean los espectáculos en directo, que vean la cercanía de sus ídolos, que comprueben la emoción de los coches y de las motos, y cuando hay un accidente he visto, he escuchado, a los propios padres decirles a sus hijos que miren. ¡No tienen suficiente con mirar!. Les dan detalles. Les cuentan cómo se ha estrellado, qué el coche ha quedado hecho una mierda, que a lo mejor sale fuego, y todo lo que le viene a la cabeza, sea como sea.

Es inaudito. No sé hasta qué punto esto es ético, o si sería mejor decir que es patético, pero los culpables y las culpables, o aquellos y aquellas que empatizan, dirán tal vez que esto es educar. ¡Sí! ¡Es cierto! Es la educación del morbo por los accidentes, que existe y seguirá existiendo.

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