CARLES PUIGDEMONT La absurda provocación de la política temeraria

Actualizado: 01 de agosto de 2018 ............ Escrito: 11 de octubre de 2017..

Triste espectáculo es el que se está viviendo en Catalunya durante esta segunda década del siglo XXI y que los libros de historias escribirán por desgracia en negativo. La situación ha alcanzado unas cotas de tensión a las que jamás se deberían ni tan siquiera acercado, con una sociedad que sin quererlo ha visto rota su armonía entre españoles y catalanes.

Hay varios culpables de esta degeneración, pero sin ninguna duda resaltan dos nombres por encima del resto, que son Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno de España, y Carles Puigdemont, President del Govern de la Generalitat de Catalunya.

Hablaremos de ambos, cada uno dedicándole su propio artículo, comenzando el primero por Carles Puigdemont. Por nuestro oficio, fuera de la temática bondage, hemos estado con él en bastantes ocasiones, y por supuesto es culpable político de los graves problemas que todavía, en este momento, se está viviendo.

En una Europa moderna, con la defensa de unos valores democráticos, igualitarios, pacíficos y respetuosos con las leyes, no se puede convocar un referendum de independencia ilegal y fuera de toda legalidad. No se puede convocar un referendum en el que no hay garantías electorales, con urnas que se esconden y se sacan de los techos, colegios electorales que se cierran cuando llega la policía, personas que repiten su voto en distintas sedes, sin observadores legales, y un sinfín de otras irregularidades.

Estas historias de votaciones rocambolescas las hemos escuchado muchas veces en países pobres, en zonas en conflicto de guerra, o en regiones de Asia o África, pero nunca hubiéramos que esto iba a ocurrir en Cataluña. Esta comunidad autonómica catalana es rica y avanzada, presenta un bienestar similar a muchas zonas de Europa, y que quiere estar dentro de la Comunidad Europa. Tiene su historia, su pasado, su propia lengua, su cultura, y siempre ha presumido de un sentido común y una sensatez que en estos últimos meses se ha perdido.

La farsa del referendum fue el 01 de octubre, y el día 10 del mismo mes se convocó el Parlament de Catalunya, con la finalidad de proclamar la independencia unilateral. ¡Insólito! Jamás habíamos visto la ciudadanía tan preocupada por los gestos de sus políticos. Los días anteriores a esta fecha hubo empresas que cambiaron su sede social, trasladándose fuera de territorio catalán, porque la independencia era salir de la Comunidad Europea, y el daño económico fue grave. ¡Muy grave!. En todo el mes de octubre, más de mil empresas sacaron su sede social de Cataluña, y más del 30% de estas empresas operan en bolsa. No son negocios de barrios.

Finalmente, aquel día, a las siete de la tarde, con un hora de retraso sobre el horario previsto por diferencias notables con sus socios de la CUP, el President Carles Puigdemont hizo una declaración de independencia unilateral en el Parlament de Catalunya, que suspendió al instante durante un plazo de tiempo indeterminado a la espera de diálogo o mediación con el Gobierno español.

Fue el momento esperpéntico de un Carles Puigdemont que ha practicado una política temeraria y provocadora, creando una tensión jamás visto en Cataluña entre personas que conviven pacíficas y armoniosas desde hace siglos, y dividiendo familias como en sus días representó el muro de Berlín.

Sin embargo, en Cataluña no había ninguna razón para llegar a estos extremos. No es un país en guerra. No es una dictadura. En Cataluña se vive muy bien, y la razón por la cual se ha llegado a este punto es la actitud política ilógica e irracional de un Carles Puigdemont enfrascado en una batalla contra el Presidente Mariano Rajoy para ver, dicho en lenguaje coloquial, quién de los dos tiene más cojones. Los dos Presidentes han entablado una batalla que da toda la apariencia de tener incluso tintes personales. Esto es una carrera entre ambos, con el acelerador a fondo, sin frenar, s a toda velocidad, a ver cuál de los dos tiene más huevos.

La peor parte de todos los acontecimientos vividos es la gente. Hemos visto imágenes que no había visto jamás. Desde la ventana de mi piso, he visto los vecinos de los edificios de enfrente insultarse, uno gritando independencia y otro cantando el himno español. Conocemos amigos que no se hablan, y familias residentes en Catalunya y España que se han discutido. ¡Una vergüenza! Estas cotas de tensión social tienen dos culpables que no han sabido hablar, y Carles Puigdemont no es ninguna alma inocente de la política. Lo ha buscado. Lo ha provocado. Quería reclamar la atención del resto del mundo, y este objetivo lo ha conseguido.

De todos modos, se ha olvidado que esto no es suficiente. Catalunya no está preparada para la independencia. Tiene muchas carencias para poder ser realmente independiente. Le falta Administraciones, le falta muchas estructuras de Estado, le falta la confianza de los mercados financieros y ecónomicos, le falta apoyo político, le falta el compromiso europeo de mantenerse dentro de la Comunidad Europea, le falta un sector bancario fuerte, le falta traspaso de competencias, y muchos otros detalles que no se han puesto encima de la mesa. Simplemente, se habla de su sentir, pero es muy peligroso colocar el sentimiento por encima del pensamiento.

Estamos de acuerdo en que las personas tienen el derecho a vivir en libertad, pensar libremente y ser independentistas. ¡Pero sin error!.

Hay que estudiarlo y hablarlo muy minuciosos, porque equivocarse significa hundir una sociedad muy bienestar. Lo hemos visto estos días con la huída de mucho capital económico. Podría llegarse a una crisis que exigiría un control de capital urgente, es decir, un "corralito" como tristemente sufrió Argentina, y que fue una auténtica pesadilla y tortura para las personas.

El 27 de octubre de 2017 el Parlament de catalunya decretó una indepencia unilateral simbólica, no efectiva, suspendida por el propio Govern de Catalunya apenas diez segundos después, y el Gobierno español aplicó el artículo 155 de la Constitución. Se acusó a Puigdemont de los delitos de rebelión, sedición y malversación, al cual se sumó prevaricación y desobediencia al no presentarse en la Audiencia Nacional donde había sido citado, y a partir de aquí los sucesos han entrado en una espiral cuyo adjetivo es difícil decidir, bien pudiera ser surrealista, irrisorio, triste, vergonzoso o ilógico.

Se fugó a Bruselas, Bélgica, para no ser detenido. La Audiencia Nacional emitió una euroorden para su detención. Poco desorden el Tribunal Supremo español retiró esta euroorden. En las elecciones de diciembre de 2017 celebradas en Catalunya ganó el partido de Ciudadanos liderado por Inés Arrimadas, pero los independentistas ganaron en escaños. Tres meses después, Cataluña sigue sin gobierno. Se activó de nuevo la euroorden, y Puigdemont fue detenido en Alemania.

Tras once días Puigdemont en prisión, el juez alemán lo deja en libertad condicional bajo fianza porque entiende que no hay delito de rebelión al no haber violencia. Meses más tarde, decició no extraorditarlo por rebelión, pero sí permitió su extradición por el presunto delito de malversación. Sin embargo, el juez español Llarena no lo aceptó, y retiró la euroorden.

Ahora mismo, Puigdemont vive en Bélgica, donde con el apoyo de empresarios catalanes ha creado su propia Equalia, mandando proclamas, mensajes y propuestas independentistas a una población empobrecida en sus debates, uso de la razón y sentido común. La cultura aquí no es gratis. Los museos se pagan casi todo el año, y esto ha propiciado un clima idóneo para adoctrinar y usar a la población. La historia de la humanidad está llena lamentablamente de estos errores.

Visto de otro modo, esto ya ha alcanzado tintes de la tragicomedia griega. Sigue en agosto de 2018 la tensión, sigue sin recuperar Cataluña la fuga de grandes empresas que trasladaron en los peores momentos su sede social a otras ciudades fuera de territorio catalán, sigue sin control la egocentría política de Puigdemont, obsesionado con ser recordado como aquel líder histórico que en realidad sólo es en su fantasía, y se sigue andando por un camino que no conduce a ningún sitio.

Se ha perdido en esta zona geográfica el uso de la razón y del sentido común. No debemos de olvidar que un cargo político, sea cual sea, no debe jamás saltarse las leyes, no debe de dejarse llevar por una vanidad política que le sobrepasa para el cumplimiento de sus funciones, no debe de dividir a una sociedad que convive pacíficamente, no debe de provocar la fuga de grandes empresas e inversores, no debe de generar tensión, y mucho menos debe de demostrar esta cobardía política de darse a la fuga mientras otros miembros de su Gobierno sí han decidido quedarse en España y están en prisión.

A pesar de todo este cúmulo de temeridades políticas, su proyecto político, conocido como "procés", está teniendo un éxito insospechado hace unos años, gracias sobre todo a su rival político Mariano Rajoy, que ha gestionado la crisis fatal, y ha alimentado un independentismo que hace pocos años no era tan numeroso. El problema es grave, está casi fuera de control en algunos sectores radicales de la sociedad, y la solución es muy difícil y complicada.

Del Presidente Mariano Rajoy, a fecha de hoy cesado tras haber perdido la moción de censura, también hemos escrito un artículo dedicado, a pie de esta página.