VICTORIAS La recompensa es el objetivo detrás de las victorias

15 de enero de 2018..

En los tiempos prehistóricos, cuando éramos una especie primitiva, es prácticamente seguro nos comunicábamos con gruñidos, gemidos y el lenguaje corporal. No me imagino un hombre de las cavernas enviándose WhatsApp. De ser así, creo que estaríamos extinguidos.

Tuvimos que aprender a dominar elementos imprescindibles, hoy en día, cotidianos. El fuego fue quizá el elemento esencial, pero en algún momento tuvimos que desarrollar la capacidad de hablar. La imperiosa necesidad de comunicarnos, al no ser animales solitarios, impulsó a conseguir este logro por la humanidad, y es un misterio indescifrable hoy en día saber cuál fue la primera palabra que pronunciaron los humanos. Es una curiosidad innata. Se demuestra a diario, con todos los padres y madres esperando escuchar cuál será la primera palabra que dirá su bebé.

En mi escepticismo, yo no creo que fuera una palabra bondadosa, como podría ser "cariño", o al estilo de si ha dicho primero "papa" o "mama". Yo soy muy poco romántico y muy poco cariñoso, y no comparto esa asquerosa hipocresía de falso romanticismo que tiene la sociedad. Yo creo que la primera palabra debió de ser algo parecido a un "ñam ñam" señalando alguna presa para comer, o incluso a lo mejor dijo la palabra "caca", señalando a la mierda después de haber cagado. Sí, sí, no queda nada romántico, lo sé, pero en las cavernas no había jardines de rosas. Esto es la realidad.

Aquellos antepasados tuvieron que desarrollar todos los conceptos que hoy en día apenas les prestamos importancia, pero en su época tuvieron que ser logros increíbles. El objetivo de este desarrollo no fue los poemas, no fue el romanticismo, ver el cine o hacer WhatsApp. El objetivo fue la supervivencia, y sólo se consigue con la victoria.

Nuestros ancestros ya aprendieron el placer de la victoria, pero descubrieron casi sin querer que cada victoria conlleva una recompensa.

En esos tiempos la recompensa fue la evolución, la superación, la seguridad frente otros depredadores, y conseguir la mayor necesidad esencial, repito de nuevo, la supervivencia.

Este ansia de victoria, miles de años después y ya trasladados a nuestras fechas actuales, forma parte de nuestra condición humana, quizá con muchas pretensiones distintas. Aprendimos, en la antigua Grecia, que la victoria conlleva vítores, alegría, júbilo, y las convertimos en espectáculo. Somos la única especie animal que convertimos este ansia de victoria en un fenómeno espectacular que congrega miles de masas, en los estadios, en los pabellones, frente al televisor, en Internet, y genera decenas de miles de millones de euros.

Estoy de acuerdo en que es muy bonito competir. A mí me encanta competir. Me encantan las personas con un espíritu competitivo sano, ambiciosas, buscando siempre superar cualquier tipo de retos por más complicados que sean, que son perseverantes, tenaces, responsables, que se sacrifican, que se esfuerzan, que asumen las derrotas como parte del aprendizaje y a la vez de las reglas de juego, que se vuelven a levantar tras las derrotas, y cuyo objetivo es ganar.

Esta actitud me parece fantástica, pero debe de estar bajo el control de nuestra personalidad, fuerte, sólida, y propia, porque de lo contrario se genera un concepto de victoria sea muy distinto al que estableció la naturaleza. Estas victorias, moldeados al gusto del atroz invento del marketing, tienen muchos efectos adversos.

Una de estas deficiencias es el ego y la vanidad de muchos deportistas, sobre todo en los deportes de multitudes. He tratado con muchos deportistas en fútbol, baloncesto, balonmano, rugby, tenis, golf, e incluso tenis de mesa. Son veinte años ya de fotoperiodista, también deportivo, y tengo muchas historias reales para aburrir.

Debería de diferenciar los deportistas entre aquellos y aquellas que luchan por la pasión de un deporte que aman aunque sea minoritario, y los deportistas en deportes de gigantescas masas de aficionados.

En este segundo caso, son apenas jóvenes veinteañeros que se creen dioses, que amasan unas fortunas económicas que les llevan a vivir otra vida muy distinta a lo que en realidad viven los ilusionados e ilusionadas aficionados. Es otro mundo, y la censura informativa de sus mismos clubs, disfrazada en multitud de restricciones que no terminan jamás, se encarga de proteger ese paraíso que se han creado.

He de reconocer que yo no hablo a la gran mayoría de estos deportistas. No son mis amigos. No les conozco, y no me conocen. No compartimos aficiones, no son mis ídolos, no les admiro, y no tengo por qué hablar con ellos. Simplemente, tienen mi respeto personal y profesional. Hago mi trabajo, y punto. El resto de emoción, ninguna. ¡Sólo indiferencia!.

Respecto al segundo grupo, refiriéndome a los deportistas de deportes minoritarios, las actitudes son mucho más próximas a la sociedad. Muchos de estos deportistas incluso no ganan suficiente dinero con el deporte, y tienen otro trabajo en su vida personal. ¡Cual sea!. Acaban su jornada laboral, y se van a entrenar. Aman su deporte. Le adoran. Les encanta el deporte. ¡Y quieren ganar!.

En su caso, la recompensa económica no es el estímulo principal, porque ganan cantidades irrisorias. ¡Ridículas! Cobran como los sueldos más bajos que nos podemos encontrar en los oficios que componen el paisaje de tiendas y negocios de nuestras calles, también la vuestra por supuesto. Su recompensa es la superación de jugar mejor, de adquirir experiencia, de esperar ser fichados por algún club grande con mejor sueldo, de conseguir patrocinador, y para ello hay que ganar.

De todos modos, no bastante sólo con ganar. La victoria es el medio para conseguir un objetivo por encima de este triunfo. Lo aprendimos en la prehistoria de la humanidad, tal como hemos hablado al principio de este artículo. Hay que ser Campeones, sí, pero… por qué. Debemos de tener un por qué.

El simple hecho de ser Campeones o Campeonas no es suficiente. No es la meta. Es sólo un paso en el largo recorrido del objetivo, que es la recompensa, y muy pocas veces se reconoce con total naturalidad.

Vamos a imaginar, por si acaso estoy equivocado, que en toda victoria deportiva, cual sea, libre decisión ésta a vuestra imaginación, en el que el protagonista se proclama Campeón o Campeona, no hubiera ceremonia. Vamos a imaginar que no hubiera entrega de trofeos, que no hubiera celebración, que no hubiera fiesta, tampoco popularidad o entrevistas, sin atención mediática, o sin miles de fotos dando la vuelta al mundo. ¡Impensable! ¡Imposible, y con razón!. Es curioso, porque el ganador o ganadora es igualmente el mejor, pero falta algo. Estamos educados para disfrutar de la victoria. La convertimos hace siglos en un espectáculo, y el marketing se ha encargado de gestionar toda esta ebullición de emociones.

Hay una lista sorprendente de qué entienden las personas por recompensas. No hay ninguna duda de que el número uno de la clasificación lo ocupará el beneficio económico, el dinero. Nuestras lanzas y hachas de la era prehistórica son ahora los billetes y las monedas. Sin la fortuna monetaria, al igual que nuestros antepasados, estamos jodidos, muy jodidos.

En el segundo lugar de esta lista de recompensas muy probablemente, también sin duda y con un grado muy alto de acierto, estará instalada la fama y la popularidad, sinónimo de dinero, porque atrae patrocinadores, merchandising, y lucrativos contratos de imagen.

Hay muchos otros factores, que no vamos a repasar porque este artículo sería interminable. Cada persona tendrá su búsqueda de recompensa personal a su propia necesidad. En algunos puntos estaremos de acuerdo, en otros muy probablemente no, y en ocasiones podemos creer o no sus palabras. Pero estoy plenamente convencido de que vivimos en una época ofuscados en el verdadero sentido de la victoria, que es la superación, la evolución y la supervivencia. Son conceptos primitivos que la humanidad da por olvidados, pero no están superadas sus metas.

No debemos de olvidar que en las fechas presentes, en una civilización se supone avanzada, sigue la necesidad de victorias por superar terribles epidemias, sigue miles de personas en una angustiosa supervivencia que no superan muriendo de hambre sin tener nada para comer, siguen millones de personas viviendo su día a día con angustia por no poder pagar, siguen miles de personas viviendo en la calle por no poder pagar un piso, o muriendo al contraer enfermedades por no poder beber agua potable.

Siguen millones de personas luchando por su supervivencia en medio de guerras que destrozan generaciones y civiles inocentes. Sigue el mundo inmune a la violencia humana, acostumbrados a todas estas noticias desbordantes de asesinatos, violaciones, atropellos, accidentes, drogas, alcohol, peleas y mil historias, que hacen que regresar a casa cada día sea una victoria.

Seguimos mostrando un retroceso alarmante en muchas sociedades, en lo que se refiere a las libertades, derechos civiles, igualdad, respeto, convivencia, opiniones personales o creencias, por ejemplo. La evolución, ésta que nos ha conducido a la fecha de hoy, también vosotros y vosotras, sí, sí, que estáis ahora mismo leyendo este artículo, parece haberse detenido, y la gente sigue eclipsada con las otras victorias, las que son sólo por placer del espectáculo.

Nos hemos olvidado de este otro espíritu competitivo. La humanidad lo ha dejado abandonado, olvidado, y esta triste realidad necesita ya de concienciación, porque de continuar por esta línea no tengo ni la más mínima duda que su resultado será muy negativo.