Esta fábrica abandonada, muy derrumbada y con un estado casi en ruinas, es otro de los lugares que nos habían parecido un bonito escenario para realizar una sesión fotográfica. Nos gustaba su amplio espacio, muy grande, con las columnas que todavía se sostienen en pie sobre un suelo cubierto del tejado caído. Apenas queda una simbólica cubierta en un ala de la fabrica, y muchas paredes presentan muy mal estado. Las grietas abiertas separan completamente unos trozos de paredes que cualquier día se caen. Hay también columnas agrietadas, y otras columnas con una notable inclinación que claramente indican su nula fiabilidad.

Por eso buscamos estas columnas, las únicas que presentan firmeza erguida. El cielo azul acompañaba en su belleza, y los graffittis le daban ese aire de arte alternativa. La posición escogida fue Alexia pisando la seguridad de una viga, sin riesgo de cristales, hierros o ladrillos afilados, y atada a la columna, con los ojos vendados y un top con su short negro, para acentuar el contraste con el color blanco predominante de las columnas y las cuerdas.

Cabe decir la anécdota de que impresionaba el silencio, y en medio de ese silencio sobresaltaba el disparo de las cámaras fotográficas. Resonaba su eco, y su escuchaba la alta velocidad de las fotos, una tras otra, en toda la fábrica. Esto nos hacia estar especialmente atentos, porque podía atraer visitantes no deseados si los hubiera, pero como siempre antes de empezar la sesión aseguramos la zona y las previsiones necesarias.

Al acabar la sesión, Alexia también remarcó cómo se escuchaba resonar la cámara por todos sitios, con un sonido muy imponente y que no dejaba lugar a dudas de la sesión fotográfica. Fue curioso, porque nunca en ningún lugar la cámara había resonado con esa fuerza, y especialmente no lo esperas en una fabrica donde no hay tejado, pero sí, en esta ocasión el eco de los disparos continuos de la cámara fue la anécdota de la sesión.

 

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