Había sido unas horas intensas en esa vieja fabrica abandonada, vestigio de una industria que tuvo tiempos mejores y prosperos, para su sector, para su propietario y para centenares de personas que trabajan en esa fabrica, hoy en ruinas en su mayoría de paredes y tejados.

Antes de irnos, decidimos hacer una última sesión de aquel día caluroso, propio de un agosto en un verano muy duro, arrastrando mucha calor tan sólo arrancar el mes de junio. Aprovechamos que el sol iluminaba los graffittis de artistas en las paredes del fondo, sin apenas sombras en las vigas y ladrillos caídos.

Nos había gustado especialmente ese trozo de la fabrica. Las vigas se habían derrumbado casi caídas en orden, paralelas unas con otras rozando la perfección. Las vigas mayores delimitaban cuadrados. Los ladrillos y piedras de las paredes estaban esparcidos por todo el suelo, de las puertas sólo quedaba un pequeño agujero, y el sol alumbraba con una luz fantástica.

Fue rápido. Estábamos bastante cansados, porque la calor había apretado fuerte ese día en el interior de Cataluña, y decidimos un bondage atada sus brazos cruzados encima del pecho, para enseñar en el mismo enfoque fotográfico las cuerdas rojas, las piedras derrumbadas y los graffittis de las paredes.

 

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