En la última sesión de aquel día las dos modelos quisieron hacer un cambio de rol. En esta ocasión, Yakima era la modelo que iba a atar, y quiso como escenario dos mesas de tablero de ajedrez unidas para estar Alexia atada boca arriba en el centro, toda estirada, y flanqueada a ambos costados por las piezas de ajedrez.

Era la quinta sesión de una tarde en la que yo no había bajado ni una décima la fiebre que tenía desde primeras horas de la mañana, y que me había comenzado la noche anterior. Todo lo contrario, ya que mi empeoramiento con la fiebre fue peor. Se notaba en mi cara un aire caliente. No hacia falta ni tocarme la frente para darse cuenta. El aire que respiraba por la nariz era muy caliente también. La garganta me ardía muy enrojecida, y había perdido casi toda la voz, con una gran afonía que apenas se me escuchaban las palabras. Los brazos me pesaban, y tuve que hacer las fotos sentado sobre una mesa, como en la sesión anterior, porque no tenía fuerzas para aguantarme de pie. Las piernas también me ardían.

En esos momentos, ya no estaba en condiciones de hacer bien la sesión por la alta fiebre que me debilitaba, y la sesión la decidieron las dos modelos solas. Yakima puso las cuerdas, ató las muñecas de Alexia a la parte superior de la mesa, en los hierros de las partes bajas, y las piernas atadas por tobillos y muslos a las patas laterales. Terminó usando cinta de precintar como mordaza, y con Alexia ya atada y amordazada ambas comenzaron con sus posados.

Ahora fue Yakima quien quiso ser pícara, traviesa, seductora y erótica. Le levantó el ceñido top blanco para desnudar sus pechos. Le desabrochó los pantalones para descubrir su ropa interior, y entre ambas se dejaron llevar por las caricias sensuales delante de la cámara, mientras yo iba haciendo las fotos sentándome de mesa en mesa, porque me flaqueaban las piernas por la fiebre.

Fue un encantador final en un escenario original y divertido. Sí, yo pasé un día horroroso con mi fiebre y por encontrarme muy mal, pero fue divertido.

Al terminar yo no tenía voz. Apenas pude despedirme de Yakima a susurros y habándole literalmente a la oreja, porque no podían escucharme. No tenía voz. El termómetro, al llegar a casa, le faltaban dos décimas para los 39º de fiebre. La prioridad era curarme. Ya tenía los medicamentos. Cada año tengo un virus de éstos de gargantas o de invierno. En esta ciudad hay mucha gente imbécil y maleducada que cuando está enferma tose sin tener cuidado de no contagiar a las personas que están a su lado, y cada año hay epidemias de este tipo. Yo me fui directo a la cama, y a descansar. Tres días tarde en recuperarme y perder la fiebre, pero pensar en las fotos me sirvió para llevarlo mejor. Cuando vi los resultados, me encantaron. Es la ventaja de poder trabajar con dos grandes modelos.