Quince esquinas, habidas todas en la misma calle, sorteé en línea recta hasta alcanzar cuya ancha avenida, famosa por la mansión espectacular de un célebre actor, viré volante a babor. Castillo queda al norte, y por esta arteria sólo circulo dos chaflanes, tomo la rotonda, y tres cantones adelante me desvío a diestra en vía estrecha, ¡paciencia!, plaza donde aparcar el vehículo me disputo con otros labriegos la cosecha.

Devotos dirán peripecia y envidiosos apelan a la fortuna, pero indistinta la causa encontré zona libre a escasos metros de cual edificios de oficinas me aguardaba cita ese miércoles, ¡pórtico es inconfundible!; dado tiene por insignia un paisaje bucólico de amapolas y girasoles. Llegué diligente a las diez en punto, pues previsora me otorgué aquel margen de los imprevistos, incluya en su elenco el tráfico que se emboza, o el zopenco histérico que al embestir por detrás deja los faros hechos unos cristos, y si cree exagero sepa me golpeó un novel un marzo, y al abril siguiente, dinosaurio que ya no distingue acelerador del freno, se encastró contra mi maletero, iba yo entonces a una sesión de fotos por joyas de zafiro y cuarzo.

Colmena es un enjambre bullicioso del sótano a la azotea, zánganos hay que se quejan de sus deudas y préstamos y créditos que con parsimonia capea. Abejorros pululan en la sector de la exportación y viceversa, avispas picotean en la contabilidad del que estafa o malversa, diana son banqueros o políticos o deportistas como estirpe diversa, y abeja se ciña a su miel, labora con ese mimo y nobleza de quien se mantiene a su sueño fiel, ¡pobrecita!, del oso al homínido le arrancan hasta la piel.

Erguida y jovial crucé las puertas corredizas, saludé al conserje que de lunes a viernes se mete, con su jornada intensiva del alba a la víspera, unas buenas palizas, y a estribor alcanzo escaleras por cuyos peldaños trepo hasta el despacho de letra be en la sexta planta, ¡querrá saber si hay incidente en ascensores!, allí es el coto putrefacto donde abundan los vagos y los acosadores.

Al presionar timbre ceden los goznes, y una gentil secretaria me acompaña hasta la reina del panal, pintoresca señora de mediana edad que, por aquellas casualidades que nos depara la rutina, es la furcia insolente que por la luz en ámbar acribilló jueves la bocina. Anécdota ya es historia, gajes son de una estresada ciudad, y sentada frente su carcasa hubo algún detalle que me dejó estupefacta, pues su fachada tiene una decoración abstracta. Maquillaje ostenta tal gama de pigmentos que rivaliza con las majestuosas pintura al óleo en los museos de arte alabado, y por la ducha en perfume no le pierde rastro ni perro resfriado. Presumida luce un escote en la blusa blanca que va a reventar con su pecho operado, es a tal extremo que por aliviar el canalillo sus botones del manubrio ha desabrochado, y la minúscula falda con motivos florales que exhibe orgullosa compone cuyo estrambótico vestuario le ha engalanado.

Resto de examen omito, ¡me he de concentrar!, dado regenta una agencia de modelos en la cual estoy inscrita, y a sus ofertas a menudo me invita. Prioridad para mí tienen la imagen en las campañas publicitarias, yo formé parte en la promoción de una compañía aérea árabe, integré la pandilla de azafatas, y fue de tal éxito que fotógrafo me comunicó urgía una muchacha para anuncio del sector agrícola, ¡encantada!, ¡dime que he de hacer!, sonreír junto sacos de patatas. Agradezco el interés, mas es importante la próxima sesión para la marca de ropa deportiva, y rechazo se debe a que con tubérculos no quiero traspiés.

En temporada alta hago congresos y eventos, de no haber acudido jamás a estos paripés ¡yo se lo cuento!, son gallos fariseos que alardean de traje y corbata por los pasillos del pabellón, y en sus desfiles se acercan a mí los idiotas, ¡hola, guapa!, me saludan los berzotas. Escrudiñan la cabina donde presto mi función, y en el mal disimulo de entablar conversación me inquieren por mi nombre, sin acreditación exhibida me invento mote que estampa el sobre. De dónde soy añade, país de cual emigra el ánade, y al investigar la edad les digo la cifra transcurrida desde aquel incidente que me volvió lesbiana, mueca esbozan los borregos cual si hubiera salido en su culo una almorrana.

Lances hay a centenares, y suceso que centra la narrativa de este relato es una propuesta fascinante, pues se ha programado en el estadio nacional con mayor cabida de público el concierto de un aclamado cantante. Seguidores tiene a borbotones, adjetivo es parco y equivocado, pues legiones de feligresas y varones le siguen por todo el mundo a millones, y el cajón laureado del podio olímpico copa por sus canciones y galones. En televisión ocupa noticias y emisión en las franjas de máxima audiencia, y para recital ha contratado la firma por su intachable excelencia.

Ya ha cubierto las mozas en los tornos, ha escogido jóvenes promesas quienes resuelven las filas y las sillas de los sonámbulos con el candor de sus prosas, y en la periferia acordonada por severas medidas de seguridad darán panfletos una tropa de mocosas. En pasadizos alternará neófitas con veteranas, y en el capricho de la dócil princesa en el escenario ha reservado para mi honor la vacante, ¡digo que sí rotundo!, que sólo pensarlo me dispara la ilusión a un nivel impresionante.

Mascullé la duda lógica de qué debo de hacer, simplemente frente al auditorio con mi belleza he de complacer. Laudo es quirúrjico, manda el ídolo, supone es un baile y un tonteo, pues tampoco va con un guion escrito, y el argumento intuye será a masacrar los decibelios hasta quedar el tipejo frito. No obstante, consciente he de ser que voy a actuar ante decenas de miles de fervientes admiradores, cámaras habrá desde todos los ángulos, en tribunas y balcones y el gallinero absorto en los espectáculos. Gala es probable destroce mi anonimato, por el arcén me asaltará el desequilibrado de turno o la adolescente de fiesta en el feudo nocturno, ¡ningún problema!, maticé tajante, estoy acostumbrada al comentario absurdo y al chiste picante.

Sacó de su escritorio un manojo de folios, original para la empresa y copia para mí, y al rubricar mi compromiso entregó cuyo fajo opulento de billetes no me cabe en el bolsillo, es tal volumen que en el mochila puebla del mosaico a su altillo. Pacto ya queda sellado, ¡y quién sabe!, advierte la dueña que el pavo revolotea soltero, y yo tengo las cualidades perfectas por enamorar al cordero. Estrategia es para viudas alegres o zorras despiadadas, pero en ese instante obvié en replicar, pues me desbordaban una serie de emociones que, por novedad o por intensidad, era incapaz de controlar.

"Me contrató la estrella de rock para su concierto"

Anoté data en el calendario, y al escribir grafía del primer sábado de octubre observo restan tres días, y aún no he planificado el vestuario. Piernas esbeltas se han de divisar desde el palco, llevaré prenda que costurera halla recortado justo en el trocante menor del fémur, y cuyo top minimalista cubra aureola y vértice de mis firmes senos ha de acentuar el turquesa de mi iris que codicia en la planicie el lémur. En melena cual pende sus aristas hasta la doceava vértebra dorsal construiré un peinado salvaje, alborozado con esos tirabuzones felinos de quien retoza con el jardinero y el paje, y por neumáticos ya lo he decidido, serán aquellos zapatos de vertiginoso fino tacón, ponen verraco al poeta y al gruñón.

Efeméride aguardé nerviosa entre algodones, me abrigo con mantas y tres pares de calcetines para evitar inoportuno catarro, y en cada alimento que consumo, huevo o filete o avena o leche, leo minuciosa la fecha de caducidad en el tarro. Sillas regateo del lecho al televisor, y al mínimo síntoma de molestia me aplico el termómetro, ¡aguanta!, me digo a mí misma, sigues sana y avanza a buen ritmo el cronómetro. En cocina evito resbalar al pisar hielo, y por si cae ladrillo inestable en mi cráneo escudriño el cielo. Objetos puntiagudos deposito en baúles gruesos, que neurótica me aterra la mísera posibilidad de hincar el pincho hasta los huesos, y en el esmero a mi hermosura reviso a cada hora mi máscara en el espejo, granos y abscesos inspecciono no allanen mi jeta en su reflejo.

Etapa fastidiosa superé con matrícula de honor, y llegada la fecha regia me presenté en cuya garita sólo autoriza el embarque de capitán y tripulación que causa furor. Notifican por su circuito privado que he arribado, y presto acude a mi encuentro un varón con los modales presuntuosos de un gallo y parloteo de un papagayo. Forajido con ese trajín va a agotar el oxígeno de su pulmón, pues me ha concedido en nuestro diálogo el rácano espacio del saludo, y de allende a ahora sólo soy sonrisa en cortesía y actitud de pleitesía.

Monólogo del loro voy a intentar traducir, pues a cuyos términos hace alusión es un jeroglífico de tecnicismos en inglés, ¡yo le traduzco!, dícese del botánico que se sube al ciprés, y desde su cofa chilla que su hija ha robado un ganso, ¡qué dices!, ¡perdón!, quiso decir que pato fue el almuerzo de su imberbe manso, ¡no puede ser!, ¡corrijo!, cisne que vuela se fuga con su retoño raptado en un despiste por descanso.

Ironía supongo vos habrá captado, he querido transmitir que ni la jota he entendido de lo que el fanfarrón vanidoso había balbuceado, pero en su cháchara me he beneficiado el distraerme de los austeros túneles. Se adentran por las tripas del palacio con sus tabiques pintados de un gris pizarra, hay aseos a los bandos y en las intersecciones se apostan centinelas, todos son gigantes y aquel lleva un pastor alemán que olfatea y no ladra. Laberinto se extiende en todas direcciones, ¡óigame!, de extraviarnos se necesita de bomberos para el rescate, pues las cañerías están oxidadas, ¡habrá esqueleto del personal mantenimiento por las tuberías!, mas aduce el mentecato que es mi teoría un disparate, dado lo habrían devorado las ratas con el mismo entusiasmo que el gusano por el tomate.

De sutileza verbal carece el tío lumbreras, y en su epitafio se produce un paréntesis en su homilía, ¡qué alivio!, aunque continúa el tránsito que es un delirio, ¡por qué correr tanto!, ambiente está vacío y yo no percibo riesgo en desplomarse placas de amianto, que es todo cemento y yeso, y el galope que imprime es habitual en degenerado obseso. Petición declina, y al segmento final de la angosta galería topamos con dos gorilas de músculo granítico labrado en gimnasio, ¡increíbles!, se yerguen que mi occipital roza su clavícula, camisetas elásticas van a explotar por cuya presión ejerce los bloques de acero en sus pectorales, y adobes recios se estratifican por sus abominables. Tentación pospongo, ¡recordaros de mí!, soy la actriz que veréis por donde el grupo toca la bandurria y el bongo.

Superada su muralla hercúlea, surge cual oasis en el desierto un foso al lateral de la capilla, y un ajetreo histriónico de brigadas y peones me sorprende con su enajenación, pues aquel chimpancé retoca el escotillón y la parrilla, atornilla otro la tramoya y dos malandrines dictan desde el puente de sofista, hablan con un acento camorrista, pero han de estar acostumbrados, dado se muestran inmunes quienes ajustan el ciclorama y su riel, e incluso se jactan los modistas que repasan del telón su saya buriel.

Eruditos examinan los altavoces, revisan la frisa y la higiene de la cubierta, algunos retoques apuran en la tarima y el aplique, tantean el cono y la campana y el imán, comentan aspectos del diafragma y los hercios y la placa polar que me suenan cual vocablo de sánscrito, y en la prueba de sonido elevan el megáfono a ese calibre que el tímpano me ha dejado marchito. Por un exagerado instinto de supervivencia o un simple movimiento espontáneo, me aparto ese tramo que tendido supino cabe un cadáver de baloncesto, y de mi ubicación en bambalinas ya nos dirigimos a camerinos que sin ninguna intimidad han dispuesto.

Pomo de la cancela es la única barrera, y dentro observo una bandada de gacelas bailarinas, aquella va desnuda, y la sirena luce cuya lencería sensual hace atractiva hasta la morsa barbuda. Pelirroja alisa el cabello, rubia tiene como mayordomo a un modoso plebeyo, y la trigueña emula la estatua obscena, tiene el disfraz erótico a su vera, pero mantiene el despojo que da ansia por trotar al patoso y al cojo. Coreógrafo deambula en el paraíso de las dríadas, y el recibimiento que me dispensan son dos besos en los mejillas, van en fila, arranca el director y sucesivo es la morena de las trenzas, vasalla de mata caoba, hada que por la máquina remueve onzas, y procesión continua hasta la última de las chiquillas.

Atmósfera le voy a describir en duplo de escuetos párrafos, se habla de fruslerías en temáticas triviales, abundan las redes sociales y el mensaje que ha difundido una turba de subnormales, pero la gran mayoría tienen el lenguaje callado, ¡por qué!, temor a las orejas cotillas es un tópico, dado viven en un edén utópico. Adictas se enfrascan en la lumbre de su pantalla, teclean con una urgencia que suple la escritura de antaño, ¡fíjese!, en sus renglones leo mucho engaño. Palabras indica el espárrago que es feliz, ¡lo dudo!, y la de rasgo escuálido se realiza un retrato tras cubrirse la faz de un escarlata barniz.

Coloquios son austeros, y la profecía que hizo el hechicero acierta si predijo me aburro como en un partido de fútbol el cancerbero. Sílabas que articulo son exiguas, dado responde la contertulia con retóricas ambiguas, y resignada en los fiascos me dedico a preparar mi personaje, ángel cándido soy en el argumento, pétalos níveos adornan cuya corona fija la peluquera con sus pinzas, e indumentaria albina que previo se la he descrito acentúa mi monumento.

Espera se eterniza, y de pronto se organiza un caótico barullo, ¡qué ocurre!, ha venido cual artista adora el monarca y el capullo. Pórtico cruza, a todas y todos nos quiere saludar con su estilo efusivo, es aquel sistema que sus zarpas pone por los culos con el orden aleatorio de un tiovivo. Interés recae en mí, y demostración es que por sorpresa me imprime un morreo, ¡es sobre los labios!, pues permanece cerrada la estafeta de mandar correo. De tanto ímpetu que embute casi me quedo sin aliento, y a la soledad de su camarote por su expreso deseo me ahuyento.

Bribón me ordena sentarme en butaca de cuero, y alteza se erige en el trono de su fuero. Por el gesto intuyo quiere amasar una barra, dado disemina la harina por cuya hilera ha formado una raya, pero al esnifar de un soplido en aquel lapso que ejecuto el cuarteto de un parpadeo alcancé la conclusión que es narcótico sembrado al sur de la cultura maya. Cacho de una pulgada me ofrenda, ¡agradezco piense en mí!, se lo dejo todo para el menda, y apenas decliné la oferta que el drogatas de un tirón se lo merienda.

Atiborradas sus alcantarillas nasales, se acercó a mi silueta con un apetito libidinoso, ¡decídete!, o te izas o te acuestas, ¡sé el porqué de su incertidumbre!, lo delata sus pupilas ancladas en mis tetas. Susurra a mi oído hasta dónde arriesga una preciosa princesa como yo, ¡sed que me corroe ponla a prueba!, espeté valiente, y sabrás si soy un témpano helado o un volcán caliente. Confiesa que tiene un calvario en mente, depara a la heroína unas tropelías que los anhelos de las vírgenes se derretirán por el poderío del infierno, y cualquier tacto que proceda es antónimo al significado de tierno.

Asentí con un donaire de batalla, y en aquel toque de cornetas que precede a la batalla dio una orden lacónica, dilatar la quijada por ver mis caries fue su petición exótica. Accedí sin reparo, es diamantino el esmalte, pero en lugar de revisar con lupa y linterna vi se distanciaba, ¡aguanta!, hocico quiere que mantenga impertérrita la apertura, y debió de ser por algún embrujo o haber perdido la cordura, pero soporté su ritual hasta que una cárdena bola se coló al interior de la cavidad bucal, ¡qué es eso!, un trasto que confisca mi idioma local. Metió tras el tejido gingival, se adueñó de sombra bajo blando paladar, constriñó las correas cada una por el pómulo opuesto, abrochó la hebilla con saña tras mi nuca, y de ahí en adelante me impide pronunciar ni el voquible peluca.

Jerga que entono es un dialecto del sumerio, de resucitar nómadas comerciantes me adoptarán por súbdita del gremio, pues mi alfabeto se limita a un rosario de consonantes que sudo tinta al gorjear, y cuanto respecta a las vocales tiene los ejemplares ilustrados en el verbo opinar. Verborrea forzosa es de su agrado, y cual bandolero tiende al contable una emboscada me guía por salir del podio, que en la esfinge garbosa dirige mis muñecas a la espalda, soga lía en la boina del calcáneo, enreda todo el perímetro exterior con la presión exacta sobre el terreno cutáneo, cuatro vueltas completa en la circunferencia, y en el trazo vertical realiza un amarre tan sabio que puede ser primitivo o contemporáneo. Nudos solemnes aplica en aquel recodo que es inviable el auxilio de mis tentáculos, y subraya el suplicio que me supone sus apéndices sonámbulos.

Junto su taquilla hay un cristal rectangular, tiene las medidas específicas por encajar el rostro con el maniquí enhiesto, y resalta un bosquejo singular, es un calco de las cejas al septo orbitario inferior, quiere el truhan mire mi esplendor. Satisfago su demanda, ¡no!, me corrige, ¡obsérvate atenta y sin pausa!, ni descenso de la córnea a la esclera ni elevación al oblicuo superior, tampoco rotar en intorsión o abducción, simplemente petrificada, que la rebeldía será severamente castigada. Tal mandato exigía el mentón altivo, y por añadir complicación requirió de mis zancas aquella apertura que componen la virtuosa geometría de un triángulo equilátero, ¡qué curioso!, la celda de mi cara es un defectuoso cuadrilátero.

La emoción por su maquiavélico juego disparó los grados de mi caldera hormonal a ese calor que el humo ya abrasa, y en mis entrañas experimentaba la apetencia por una caricia, un masaje, un abrazo que nos fundiera en una sola masa, pero su perfidia malévola adoptó la estratagema de obviar mi estatua, soy como un adorno mientras zar se embadurna o toca la flauta. Cumplo a rajatabla su reglamento, mas de tanto percibir mi caricatura amordazada percibo una acuciante excitación que repercute en mis patas inmóviles, y suplico tregua con un lamento, ¡haz algo!, toca o azota o pellizca, o permíteme al menos moverme una pizca.

Travesura ha encendido mi horno a esa categoría que se chamusca el pollo, mas rufián se muestra tajante, ¡muévete, y tu despido es fulminante! Represalia que me anuncia es una hecatombe, y en el brillo del vidrio me quedo absorta como pez en el acuario, quiero aquel prestigio que es la ilusión de cualquier mortal desde el parvulario. Sufrimiento es inaudito, pues el cosquilleo por el pubis me incita a un pensamiento viperino, y el método por apaciguar es destruir la pirámide y desviar el glóbulo ocular a otro trayecto peregrino, que la rebeldía conlleva la expulsión, y tal drama en mi biografía no encontraré jamás solución.

Muslos titiritaban como esa pilastra al borde de su derrumbe, y en la gruta que usted se imagina hay cuyo torrente conduce a esas tentaciones que el clérigo sucumbe. Empeora la situación que el menguado reflector corta su película en la perpendicular de mis lóbulos, pero con aquella travesura aprendí que subestimo la frontera de mis límites, dado obligó a mi coraje salir de sus escondites.

Domaba ya la traviesa fechoría cuando oí una felicitación, ¡fíjese!, tan fosilizada me mantuve que ha engendrado un hilo de baba, pende la estalactita desde la barbilla a la incisura yugular, ¡fabuloso!, añadió el caballero, ¡será tu símbolo popular! A fotógrafo de su equipo le da la señal por apretar el gatillo, posamos los dos unidos sin cortar el símbolo de mi suplicio, y tras la ráfaga de fogonazos se colocó el pinganillo, ¡ven!, recompensa tuya es verte, del ártico al antártico, desde el ministro al monaguillo.

"Subí al escenario del concierto atada y amordazada"

Rugidos de la marabunta resuenan de la bóveda a las catacumbas, y el batería arrea el tambor que va a descuartizar el parche batidor, pues de los mamporros vibra la piola, y bordonero se mece cual tifón pisotea la góndola. En templadera se fabrica un sismo, y en el vaso detonan los cartuchos que al artificiero desquicia, son plagios de dinamita o fragata fenicia. Baquetas maneja con una habilidad que le hermana con el director de orquestas, golpea con la bellota y ase por el casquillo, porrazos reparte a doquier por los bombos y timbales y el platillo, y es tal el estruendo descomunal que me percato falta en el templo azabache su huésped principal, se añora el coro del barítono grillo.

Chicas a mansalva muestran esa actitud que la ciencia médica se espanta, o a lo sumo el doctor le receta un sacerdote para exorcismo, ¡no le hagan caso!, unos son un fracaso y los otros hacen negocio con los moribundos en su ocaso. Algarabía de la multitud es el mérito de la diversión, y el desenfreno adquiere cotas espeluznantes en los acordes de la guitarra, ¡quién da el bautizo!, aquel tipo de una pinta rara. Greña es de un mate castaño, maxilar ha garabateado con un camuflaje de guerra, chaqueta es el harapo de un mendigo ermitaño, y sus zapatillas mundanas son aquel calzado que yo, por ir a comprar el pan o pasear la mascota, ya me apaño.

Talento sin embargo es excepcional, asesta a las estepas siberianas la pala, clavijas ha retorcido y el mástil tiene aquella longitud que el escarabajo ha dormitado en el hostal de los trastes, ¡buenas noches!, dijo a recepcionistas, pide un cuchitril extasiado del arduo recorrido, ¡y cómo paga!, si la suciedad son sus broches. Diapasón lo envió fulminante al confín de los porches, y gladiador esgrime esa maestría con las falanges distales que la muchedumbre enloquece, la bacanal crece, y en el apogeo de ese desbarajuste emerge el rey, del proscenio al bastidor rige su ley.

Ovación es colosal, y en cantidad desorbitada enfocan catalejos y prismáticos y telescopios y objetivos de todo tipo, graban la fideo y el pigmeo, la jirafa y el borracho que ha evaporado la cerveza de la garrafa, la foránea cuadrilla y el mastodonte que aclama a chillido limpio, ¡darle caña a la guarrilla! Marrana lo será tu puta madre, le hubiera yo contestado, pero las emociones que me desbordan son insólitas, pues me sitúa en el arlequín de frente a la aglomeración, y el jolgorio revienta desde el fanático al palurdo que no se sabe ni el título de la canción.

Manada de baile salta a la arena del coliseo, y auguré yo errónea que mis ataduras provocaran en las secuaces algún impacto, mas su reacción estuvo a las antípodas de mi predicción, pues con tijeras desgarran veloces la vestimenta que me tapa, y mis secretos carnales quedan de manera irremediable desplegados en el mapa. Danza el batallón de amazonas con unos contorneos que me han tomado presa, y dos valquirias moldean mis glúteos cual si fuesen vasijas de arcilla que el ceramista embelesa. Su anarquía gobierna, y náyade que acecha como hiena oportunista profana mi cueva sagrada, por la embocadura en la comarca de la sínfisis ha introducido cuya capsula morbosa extrae de los espíritus su vena malvada.

Expulsar es imposible, dado de inmediato unen mis tobillos por la región de los maléolos, cuerdas enroscan al zócalo del peroné y la tibia, y estrujan con esa malicia que tuvo razón el jamón, lo van a colgar en una funesta carnicería libia. Parroquia vitorea cada giro, por las rótulas duplican en su bodega y la buhardilla, y justo cuando estandarte mundial berraba la estrofa final de su himno inicial remataron el atranque por mi pantorrilla. Pértigas en cuales me sustento me generan un liviano desequilibrio, que me yergo sobre los estilóbatos de aguja, y en los mercados bursátiles ha sonado la campana por la puja, cotiza al alza si soporto el embate de la brisa, y arruina al inversor si alguna ramera me empuja.

Avariciosas emprenden iniciativa con otro ovillo, enroscan por el pedestal del húmero, y al estreñir como anaconda en sus víctimas borran de mi lucha otro número. Lazos componen donde el único socorro es su misericordia, pero ligaduras son con aquella hostilidad de quien te guarda rencor o te odia, y quizá en la evaluación me queda corta, dado traman otra silga, ¡traiga la cinta métrica!, es de cuya largarie usaban en el medievo la chusma colérica. Liana embrollan del hemisferio austral al septentrional, cosen por el esternón y la fosa epigástrica, al envés por el romboides y la escapula, en los flancos por el serrato anterior y las costillas, y al apuntillar el zurcido por el cubil del sobaco elaboran una red de la cual no me suelta ni el roer de las ardillas.

Ataduras se vanaglorian de un rigor en el que se excluye la dulzura, achica la dermis con ese sórdida energía que no le ablanda el llorar ni el rozar, pero opresión la llevo sin amargura. Será por ese clima que jamás he vivido, tal vez se acerca a las fantasías plasmadas en esas cartas ingenuas que, durante mi crédula infancia, escribí a los estafadores navideños, dado en aquellas quimeras esbozaba en mis recreos unos entornos halagüeños, pero ni el mayor de los desvaríos tuve este decorado de ensueño.

Temor acreciente fue se reprodujera esos accidentes en diciembre, que embobada en cuya trama me inventaba venía el sagaz timador, llamaba al picaporte por pedir aguinaldo, y a golpes de escoba desdeñaba macaco al que pongo a caldo. Instrucción aquí descarto, área se ha acordonado y cíclopes velan por el correcto funcionamiento, ojean de la ribera al horizonte, y a intervalos escrutan mi escultura con las ascuas impacientes de ver cuándo empieza mi linchamiento.

Dígale al fogoso que aquella sábana aterciopelada oculta artilugio de mi martirio, es una jaula empinada que de alto me rebasa el diámetro de un cubo, anchura dispone la justa para encajar mi efigie en la estructura, y diseño arquitectónico es la falsificación de un tubo. Divergencias son los chaflanes limados, y esos orificios en miniatura por los que sopla céfiros tenues o huracanados. Evoca aquellos sarcófagos del antiguo egipcio, pero su ingrediente transparente da la ventaja de gozar cuanto se desarrolla a su interior, y cual flor se cultiva en la maceta me arrastran a su estómago, lo aplauden desde la frígida al prior.

Enclaustrada en aquel cubículo claustrofóbico, bregué por escapar, mas de haber aplicado una ínfima porción de la inteligencia sabría a ciencia cierta que es ficticio el poderse zafar, pues la bandida ha lacrado los candados del pórtico con una acritud que no encuentro léxico para explicar. Olor que colapsa su aire es peculiar, tiene una pureza que no me es familiar, y los hechos sucesivos me aturden, dado remolca la bastarda que se despelota un armatoste mobiliario con triada de escalones, coloca el artefacto por vecino, y del armazón que esgrime saca una serpiente, a mi pozo introduce por la cúspide, ¡saca eso!, pensé al instante, que no hay sitio para dos en este recipiente.

"Serpientes introducen en la jaula donde estoy atada"

Bicho es un titán, si desencaja la mandíbula engulle al paquidermo y al sultán, y al contactar su manguera cilíndrica con mi piel ametralla mi corazón unos ochocientos latidos por minuto, ¡qué bestia!, dirá usted, y en el beneplácito a mi leyente rectifico, a través de notario uno menos certifico. Entiéndame y sea comprensivo, aquella maravilla creada por los dioses frotaba sus escamas con aquella intensidad que yo le describo su compás, tramo es de la tráquea y el esófago, órgano que palpita le releva y a su saya se ubican los tanques que nos permiten respirar, ¡va por la mitad!, en esa comarca dispone de la panza y la vesícula biliar.

Anaconda es terrorífica, mas he visto en documentales que esta fauna noble va dotada de una generosidad que en nuestra especie es atributo extinto, ¡mantén la calma!, dijo el locutor, si se encuentra con el crótalo en un recinto. Serena me mantengo, pero mamífera garrula que nos engloba en el linaje desde el pleistoceno me muestra un chisme, es un mando del tamaño del meñique, compré similar en marzo, y me costó cuatro maravedíes y un penique. Baratija activa artilugios que nos separa un barranco o la frívola voluntad, y al presionar su tecla verdusca lo vi con claridad.

Un bombardeo de vibraciones impactó de lleno en los cimientos de mi lujuria, y un gemido emití por apelar a su compasión, que el cartucho misterioso me provoca unos escalofríos que provoca a la pitón. Cocorota apoyé cual turista se amorra en el escaparate, ¡para!, que la víbora nota mis convulsiones y en el territorio de las rodillas acopla de las gónadas a la cloaca, ¡basta!, murmuré, acepto cambiar la víbora por una vaca.

Espectadores sabandijas claman en un frenesí enfermizo desde su teatro, les encanta mi espanto, y les azuza el gerifalte que despotrica sus composiciones en una mezcla de castellano y esperanto. Es difícil de concebir, pero al transcurrir la gala con total normalidad irrumpió en mí un escuadrón de duendes pacifistas que asaltó la frontera del miedo, y cual si fuese un truco de magia el pavor se disipó sin dar ninguna explicación, ¡vaya usted a saber!, tal vez es un proceso natural en la inercia de la actuación.

Al ritmo de la música, sola frente esa meseta donde ni una garganta vino a mi favor, asumí el rol conforme, y ahora me agrada el roce de la cobra por mi carente uniforme. Friegas me atrevo a dar consejo, hay mucho macho con peor gracejo, ¡dele clases!, si cortesana que me lee es la desafortunada en haberle tocado tal tipejo. Del gusto ladeé mi cabeza atrás, y en el regocijo contemplo la infinidad de obturadores anónimos que me apuntan, ¡mirar!, destellos de un tesoro despuntan.

Glúteos se endurecieron cual amazona monta un potro silvestre, sacro se dobla con aquella tensión del arquero que expele su flecha entre la niebla campestre, y en la morada adyacente al ilion han entrado unos tramposos, ¡me dan a elegir!, o entrego billetes o permito a malandrín que me secuestre. Por arroyo lo tengo claro, continúo en la vereda, que el cuádriceps se solidifica, la sensibilidad se magnifica, y el pecado que se comete es de tal heroicidad que a la mártir se beatifica. En gemidos mi laringe lo simplifica, son monosílabos afirmativos a todo el interrogatorio, y durante los espasmos que perdura el éxtasis del orgasmo quedo inmersa en la absoluta oscuridad, ¡dónde está el culpable!, sigue en la caverna con su irrefutable impunidad.

Milagro quiero saber cómo se ha obrado, pues aquel envase es un tercio de un pepino, y ningún excursionista ha subido al pico del monte alpino. Fenómeno extraordinario ha ocasionado sin ungir ungüento, tampoco ha contribuido brebaje o medicamento, pero el triunfo ha sido con tanta holgura que aún perdura su aroma en una serie de réplicas, es la causa por cual gimoteo en un extravagante parlamento, ¡qué digo!, son voquibles que van desde el halago al insulto truculento.

Sucesos siguientes los plasmó certero un pringado en su crónica personal, ninfas pusieron un biombo que les privó de mi tortura, y al retornar la imagen de la cautiva contemplaron el cofre tumbado sobre una mesa metálica de notable estatura, ¡y la reclusa!, inquirió cotilla en acento interrogativo, ¡seguía idéntica en su martirio restrictivo! Bellacas que la subyugaban enarbolaron unos estuches, dimensión es la de pie, era el escondrijo de cuyos escorpiones se camuflaron por peluches.

Así fue, ¡yo doy fe!, alacranes cayeron encima de mí, por los hombros y el pezón y la cadera, ¡quitarlos de ahí!, que su choza son las rocas y las dunas, y es individual mi litera. Piojosas vertieron a destajo, y un temblor repulsivo me eclipsó al contacto con sus peines y sus espiráculos, pasean los pedipalpos que en épocas pretéritas invocaban druidas a los oráculos, pero me preocupa su telson, allí se instala su temible aguijón, es como el herrero que perfora con el punzón. Quelíceros y la coxa tengo en primer plano, de los ostiolos a la glándula venenosa le puedo hacer un bosquejo con todo lujo de detalles, y los alaridos que proferí les prometo hubo un productor que mostró su interés por ficharme, ¡tiene talento de soprano!, matizó el marrano.

Angustia tuvo el rango de eterna, pero he de reconocer que alimaña se comportó inofensiva, exploraron cual transeúnte deambula por los callejones de un barrio donde es forastero, mas al proceder con su desalojo puso espantoso sustituto las golfas, ¡oídme!, habéis confundido mi mazmorra con el carro de un chatarrero. Huésped lo rechazo, ¡ése no!, tarántulas peludas son repugnantes del ano a los colmillos, ¡dejadlas en la piara!, y veréis que huyen despavoridos hasta los cochinillos.

Enumero a la decena con total seguridad, y al esfumarse en las notas vespertinas de la cantinela convirtieron en estériles las conjuras a su caridad. En el inmundo olvido quedé, mas en el esfuerzo por permanecer quieta tenía el cacharro adentro, vibraba y rebotaba del derredor al centro, ¡revisar el sismógrafo!, que en sus tachaduras se encuentra el epicentro. Si le dice administrativo a cargo que es un simulacro será un becario, dado es real el estrago que propicia aquel corsario. Piratas son unos charlatanes, enfundados en su jarro siempre mascullan que las damiselas mienten, y es cierto que arácnido calza unas botas cuya goma es la textura suave de camelias, pero el meloso murmuro que brota de mi gaznate es el pánico a picada de la araña, ¡dramatiza!, réplica el bucanero, ¡mirar si no, la telaraña que le ha cosido un filibustero!

Deliberó el tribunal, y veredicto es en mi contra, que digo mucha farfullada pero no hay lesión ni rasguño que requiera de costra. En recurso pido mi indulto, mas la algarabía de alegría en el aforo a reventar es el argumento para mi trámite desestimar. Marcharon en la inopia por su empatía, y la agonía que me desborda la divisaba hasta el enano con miopía. Revisaba andaduras de los monstruos según aquel y pimpollos dice él, y en el escrutinio de si había alguna deserción volvieron las criadas a sepultarme tras la mampara, ¡clientela berrea exultante!, votan todos a favor de un flagelo aberrante.

Intriga subsiste el periodo de un par de sonatas, mentecato en el revoltijo del pelotón tiene su hipótesis y otro zoquete del montón conspira aliado de su tesis. Llega el meollo de velada, y al retirar la persiana luzco yo colgada en un pino invertido, raíces se hallan donde el follaje y la chola pende en cuyo hueco habría de ocupar la hojarasca. Regodeo es febril, y la variedad que prepondera son las piernas muy abiertas, talones se alejan cada uno a su este y oeste antagónico, y la uve trazada con la pericia del cartabón y escuadra vaticina un tormento apoteósico.

Cretina muestra a la audiencia un garrote de corpulencia bíblica, embadurna de un mejunje aceitoso, y cual buceador intrépido sondeó mi cenote sumergiendo la longaniza a esa celeridad exclusiva del plantígrado perezoso. Restriego es tan perverso que me estremezco en cuyas sacudidas emulan un saco de boxeo vapuleado por feroces puños, y en su lentitud lanzo improperios y refunfuños, ¡deprisa!, machaca como cocinero que despedaza con su mortero el ajo, o pon el interés que por las nueces tiene el grajo, pues se soporta mejor el castigo si la cadencia es con desparpajo.

Supo la puerca llegó al fondo por el aullido que exclamé, de haber esa lobreguez que impera en los tenebrosos subterráneos ¡enciende la lámpara!, pero presagio que, a pesar de tener linterna, le habría dado igualmente el bofetón a la cisterna. Mantuvo el bate inmóvil en aquella parálisis inusitada que temí se le hubiera encallado, dígame cómo regreso a casa con el chorizo enterrado, y al querer preguntar, con el trino restringido por la mordaza, si había alguna dificultad, vi maquinaba cabal un enganche en la zanahoria, es un ingenio que matraca como un taladro y rota cual ensayo de grácil noria.

Barrena acopla con tuercas y roscas en cuyo soporte es el estandarte del navío, y una barra de acero retráctil va a ejecutar ese baile sádico que me ha programado, ¡esperar!, que mi curso es el de aprendiz alumnado. Merluza ha de ser sorda, dado se va sin ni tan siquiera atender mi plegaria, y susurrando al autor que ya estoy lista viene el monarca con un garbo que pronostica malas noticias, ¡bienvenida a la fiesta!, ahí la monja disfruta y ninfómana detesta.

"Martirio fue para un rosario de orgasmos atada"

Puso en marcha el cachivache, colindó la rejilla del micrófono aledaño a mi bozal, sostuvo imperturbable por la carcasa con el pulso firme, transductor dibújelo en el ápice de la nariz, y al imprimir la estaca ese afán del beodo con la zambomba retumbaron, por todos los rincones de la catedral, mis graznidos excitados. Gimoteé con esa devastación que urdí la coartada del soborno en los técnicos de sonido, pero la excusa a nadie convence, dado se me ve agitarme con ese arrojo del combate fratricida, apuestas ninguna me da por campeona, sino vencida.

Sonrisa satírica es la postrera dedicatoria, y cual mensajero ya ha entregado su paquete marchó a la diana del habitáculo, que el batir de los martillazos es sólo el preámbulo. Agites míos son los efectos secundarios del trastorno que me invade y se reproduce perenne, y cual locura me atrapa muestra un parámetro progresivo, ¡afloja!, berreé en arameo, pero verdugo mantiene su rito agresivo.

Insistencia ocasiona un cortocircuito, y lampista acude raudo, ¡qué le ocurre, doncella!, tengo un hormigueo bullicioso en el enchufe, y el ardor que me acucia es desesperante, ¡no sé yo!, si se apaga con tirar agua o es suficiente con que usted bufe. Hidalgo lo comprobó, y diagnóstico suyo me confirma que el ruido es similar a ese aleteo de mariposas en todo garzón enamorado, o en la libertina que el príncipe ha flirteado. Avería descarta, y al darme su factura habré de pedir limosna en el arcén con pancarta, ¡ladrón!, le tildé, mas por mi afrenta me da su represalia, ¡pensé en liberarte!, pero por la injuria se marcha, ¡ahí te quedas!, lo tienes bien merecido por lagarta.

Doy un berrinche fulgurante, ¡vuelve, cazurro!, que la hortaliza de silicona que me mortifica provoca en mí ese vaivén de cualquier péndulo, y a ratos soy como el fardo de alfalfa que cocea el burro. Me contorsiono en aquellos vuelcos que el cogote sustituye al cuello, y el inmigrante que tiene por salario los diezmos básicos de pagar el pan y el alquiler se ríe a carcajadas, ¡qué te hace gracia!, análogos remolinos esboza el pálido gorrino ante su triste degüello. Comparación es nauseabunda, soy cofrade que cumplo en mi oficio, y el trino de mi gozo se asemeja al dicharachero jilguero, y no al cerdo en el matadero.

Aprecia en el sermón una contradicción aquel camarero, arguye que cuya frase he manifestado es incoherente, pues suena como quien se queja hambriento pero tiene sobre la mesa un cazo de arroz a rebosar, y al querer refutar su infamia alude a los hechos reales, ración de cuyo placer devoro allí enredada me es insuficiente, ¡porqué si no he llamado al sirviente!. Aludido es innegable que me presta su servicio, ¡qué se le antoja!, me pregunta, y airada le espeté que en el pastel ha sido el repostero tacaño y mezquino, falta el chocolate y la ciruela y el langostino.

Marchó el obrero habiendo anotado el pedido en su libreta, ¡atención!, la coneja que cuelga del tendedero tiene un apetito audaz, es insaciable su alma voraz, y de repente, con una diligencia que es inaudita en las tascas escabrosas, sentí una romería de contracciones que armonicé con un pornográfico vocabulario, son blasfemias cuyo matrimonio y su amante compone todo el abecedario. Sinónimos me sobran, y una página es cuanto abarca el diccionario, aunque el usuario que lo utiliza por buscar no sé cuál definición realiza un inciso, tan sólo ha escrito un parágrafo el bibliotecario.

Consulta le respondo por noviembre, ahora estoy como sardina en cubierta dando coletazos, y con esa tunda voy a ser el púgil que muerde el polvo dando bandazos. Causa es el clímax que me ha fecundado, fortaleza cedió al asedio y de los bramidos me quiero redimir, pero ni una mayúscula puedo reprimir. En vientre se produce un fenómeno inusual, dado se retrae y hunde el ombligo enjuto, es un simple boquete diminuto, el busto que se mantiene terso se fragua de ese rigidez que constituye la invencible armadura, y las nalgas que se hinchan como globos me elevan a un éxtasis que me agasaja y me sulfura, ¡qué diantres pasa!, odio y me encanta la batidora que me tritura.

Envuelta en ese martirio de pólvoras que descuartizan las vetas de la mina comienzo a decantar la balanza de mis emociones al bando de los honores, su peso es superior a los horrores, y hasta donde me llega la borrosa memoria del suceso le puedo explicar que sucumbí a un trance típico de tribus africanas, apenas sé quién hay por el ágora, y tampoco logro ratificar si las carantoñas en mi dermis son delicados, o tienen la aspereza que infunden en rivales los títeres soldados. Limbo estoy que desfallezco mareada, mas cuando aflojo mis poemas, soeces o románticos, siempre me recupera una maniobra astuta de los esbirros satánicos.

Extenuada debido a que el proceso se dilata a esos márgenes que resoplo a bufonadas, intuyo es la melodía donde, del ruiseñor al águila imperial, celebran el adiós con una sinfonía brutal. Seducidos desde el vándalo en masculino a la gamberra en femenino, pusieron los pistones del motor a esa violencia que la locomotora a vapor alcanza una velocidad supersónica, ¡frena!, suena ya mi melodía ronca y afónica, pero cual cavernícola dio la orden estaba enfrascado en su grandeza y su soberbia, ¡escúchame!, el terremoto es de tal vigor que ha hecho añicos la placa tectónica.

Mequetrefe ni se entera, sigue enfrascado con su alcachofa y la armónica, y el colofón es una humareda cuya calima ciega la glorieta, instrumentos callan, y al disiparse la bruma veo dos orangutanes que, sin desordenar ni aflojar la maraña, me transportan a la madriguera del diablo, ¡soltarme!, que estoy agotada de tanta atadura y mordaza en el establo. Semental va a tope de alcohol y barbitúricos, y al martirio que me sometió guardo en la estricta clandestinidad, pues al terminar hubo un coloquio, gran parte del diálogo fue su soliloquio, y la oferta exuberante que acepté ha derivado en este imperio, propietaria de cuyo caserío va provisto de piscina y frutales, habitaciones hay que me sobran y la caja fuerte hinchada de ducados y denarios a cantidades formidables.

Estoy segura que mi decisión frívola le enardece, ha quedado vos con ese gusto amargo de sus papilas en la lengua, pero escuche muy atento mi mensaje, que cuya sociedad habita la integra el dictador y los sicarios y los asnos que tiran del carruaje, y si la afirmación le duele quizá sea por el arrepentimiento o el centrífugo de su conciencia, pues cuanto sucede es porque el rucio responde al latigazo con reverencia. Haga caso a mi advertencia, ignore a periodistas y al cacique y su dictadura, ya que de continuar siendo un necio sepa comete usted un depravado error mucho mayor, deja al futuro su ruina y estupidez por fúnebre herencia.

 

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