En lo alto de aquella inhóspita cordillera hay un abrupto barranco que, visto desde el valle, no tiene nada de excepcional, pero si trepa a su cumbre topará con una anomalía en su saya septentrional. Trata la rareza de cuya remota aldea nadie sabe de su antigüedad, y aún menos logran explicar, ni ingenieros o arqueólogos, cómo se pudo erigir esas siete chozas bucólicas en un precipicio de augusta soledad. Deducen debió de ser, en siglos pasados, algún castigo infringido por un cacique, quizá hubo en su árbol genealógico una bruja funesta o un alcahuete con demasiado palique, aunque existe la posibilidad huyeran de un peligro monstruoso, y aquel talud fue para la bestia un inexpugnable tabique.

Creencia se basa en las leyendas populares, pues quienes habitan cuentan historias terribles, son todas verídicas, con el matiz de haber en su tragedia unas teorías posibles. Tengan por ejemplo la aventurera que, a mediados de los sesenta, exploró las montañas por orden del instituto geográfico nacional. Estuvo alojada bajo un techo de paja tres madrugadas, se despidió de aledaños elocuente y sonriente, marchó por donde vino a fin de evitar perderse, mas nunca retornó a su hogar, y se dio por supuesto tuvo un accidente.

Apenados sus compañeros, volvió al año siguiente un equipo de búsqueda. Tres hombres atléticos y una bióloga integraban la expedición, equipados con sus sacos de dormir y botellas y víveres y las tiendas de campaña y un cuaderno, describió alpinista el lugar a semejanza del averno. Receloso se largó tan sólo despuntar el alba, secundó un compinche con la tarde caída, copió la huida el otro individuo a la jornada sucesiva, y fémina valiente aguantó estoica hasta la fecha de partida prevista, mas el orden es indistinto, desaparecieron sin dejar ni rastro de la botánica al periodista.

Fotógrafa vino hace un lustro, quiso inmortalizar la vida de aquellos trogloditas, y pernoctó la cuantía modélica de noches que rebasó la marca de las antiguas citas. Partió con una triste melancolía, pues a pesar de cuanto la incultura pueda decir, aquellos indígenas destacaban por su cálida acogida y su trato amable, y de tal afirmación hubiera podido dar fe la susodicha artista, pero ni una sola diapositiva de cuyas imágenes captó salió a la luz pública, ¡por qué!, se preguntaran, ¡engrosó las estadísticas!, y el número de extraviados se cuadriplica.

Hipótesis de tanto insólito incidente tengo yo un bandolero favorito, y es cuyo trayecto triturador deja al peregrino frito. Asevero rotunda pues del pueblo vengo, he tardado tres giros completos, en la saeta mayor del reloj, desde las chabolas hasta esta destartalada estación que, en su honor, ostenta ser la última al norte de la vía férrea, y cual privilegio defiende con orgullo y pundonor. Fácil lo tiene en su altitud glacial, y por ayuda aliada tiene una orografía de peñascos escarpados y rocas impresionantes que debieron arrojar los dioses en sus batallas a pedradas, dado con un orden caótico se reparten, a zurda y diestra, voluminosos pedruscos en manadas. De ermitaña se mofan sus hermanas, pues en el colmo de los sarcasmos consta en los mapas como un vago apeadero, convoyes todos salvo uno semanal le desaíran, ya que aquí no baja ni el pastor con su cordero.

Ancianos del neolítico la vieron reluciente, con sus mofletes pintados de esbelto zarco y la chimenea humeante del ferroviario, pero ahora es una barraca deteriorada donde, mientras aguardo el único tren cuya parada efectúa al lindar de la víspera, espío en un exámen visual sus entrañas, comienzo en el pórtico y sustituyo por cuya guarida recóndita tiene, de guirnalda siniestra, una colección de roñosas telarañas.

Itinerario arranca en aquellas cimas cuya superficie es blanca magra, y tan sólo pisar la senda que profundiza en su intimidad se percibe el eco abominable de un galope que deflagra. Andar sobre aquellos guijarros provoca una zozobra que atormenta, y cual en la vertiginosa pendiente su patinaje aumenta. Resbalaba que, de verme policía corrupto o analfabeto, creerá voy borracha, ¡señorita!, de continuar se va a estrellar contra el abeto, pero ignoré la prepotencia de esa marioneta pueril que acosa niños inocentes o abuelos desvalidos, ¡hágame caso a mí!, y avancen precavidos.

Concluida la trocha angosta, deslumbra a campo abierto los rayos del astro febo, pues sus fogonazos atizan de lleno las córneas que surgen de un halo de penumbra. Fulgor es un cebo, dado si prosigue adelante le espera un descomunal vacío en vertical, mide tanto como ochenta pisos de altura si vos vive en la ciudad, o sabrá de la medida sin mayor explicación si usted habita en ambiente idéntico de forma habitual. Quédese quieto, ¡siéntese!, contemple la belleza del atardecer, y verá un fenómeno inaudito, pues la rotación del planeta, o el capricho de los magos celestiales, gira la tierra cual si fuese una ruleta.

Azar me depara torrente que serpentea por el terraplén, y de inmediato me lanzo por cuyo tobogán me zarandea con un descarriado vaivén, voy de babor a estribor, me escora y ya supina me acelera sin pudor, ¡frena!, que se oye el rugir de una cascada, y por el estruendo es predecible se despeña el agua rabiosa y alborotada. Ramas que penden intento atrapar, dado del cauce me es imposible desertar, y al alargar los tentáculos por pillar sus tallos sopla un viento que aparta las argollas, voy inexorable con aquel estilo clavado de las gambas que se zambullen en las ollas.

Chapuzón es de aquel calibre que atravieso el acero si intercede en el paso, y en el hundimiento buceo al fondo del vaso, pues su geometría de embudo provoca una succión que, si pretende emerger cual periscopio, dé su tentativa condenada al fracaso. Me desplomo a ese reino donde, para ser útil el oxígeno, ha de tener habilidades de anfibio o saber dosificar la capacidad pulmonar, dado hay una posibilidad de salida por cuya galería subterránea deambula un tráfico incesante de pintorescos peces, escamas de pigmentos bermejos o azafranes, o de aletas turquesas o alazanes, quienes pasmados me interrogan en buena fe, ¡dónde vas, forastera!, me inquieren, ¡voy al reencuentro con perros y gorrinos y la vaca lechera!

En aduana que regentan tiburones de poderosa dentadura me sellan el visado para el viaje, ¡y dígame suspicaz!, pero su sonrisa maliciosa es típica de aquel estafador que por banquero toma el disfraz. Algo amagan los centinelas, pues da mala espina que cañería está desierta de cangrejos y su paje, y de repente, sin aviso ni señal que lo indique, carretera se corta en seco, y yo, cual partícula de plomo levita imprudente, caigo desde aquella cota que descuartiza contra el suelo cualquier silueta alfeñique.

Bato los brazos que se destornilla a carcajadas el halcón, testigo mira impasible apostado en su balcón, y pataleo que quisiera explicar el porqué de mi patética actuación, mas por ser sincera es inviable encontrar una ley física que justifique la razón. Ostia que me voy a estampar va a ser morrocotuda, y los polluelos que diviso en la cofa de aquella encina pían al verme con ese pánico de quien pide ayuda. Un consejo les dedico, ¡apartaros!, que el follaje de las hojas me servirá de colchón, pero el primogénito de la cuadrilla espetó su guasa inoportuna, ¡funciona con las plumas!, y por la sorna obtuvo la ovación de la tribuna.

A pícaro audaz le arrancaré el pico si lo atrapo, aunque tengo un angustioso reparo por el leñazo que se avecina, dado nadie ha puesto ni muelle ni trapo. Cierro los ojos por evitar el trauma del tortazo, y en aquel preciso instante las garras portentosas de una majestuosa águila imperial me agarran por el lumbar, remontamos sobre pinares y olmedos y álamos, y con una suavidad exquisita aterriza en la ribera frondoso de un río fabuloso, ¡quisiera recompensar!, mas eleva su magnífico porte aprisa, que sus retoños requieren las proteínas de conejos y gamos.

Reto es cruzar a la opuesta riba, pues aquí se carece de puentes, y el método de saltar por las rocas del arrecife lo descarto, que tiene bravo cauce atiborrado de las nieves y sus afluentes. Pienso táctica por emplear, y en el estanco de mi cavilar se alzó un huracán cuyo soplo furioso dobló los chopos de la antagónica frontera, ¡fíjese!, es tan exagerado su arqueo que cofa de la carabela queda como toalla que, sobre la arena incandenscente, tiende la molestosa dominguera. Subo decidida a la improvisada catapulta, y al apagar el ventilador salí expelida en tal vehemencia que rebasé el listón de la alameda, y cual dardo da en la diana acierto en una pila de paja que del acudir al hospital me indulta.

Salgo a flote con migas de trigo o avena o alfalfa entre mis dientes, y la primera caricatura que veo es la de una cabra loca y enfadada, ¡qué te ocurre!, le dije, arguye que me he comido las púas crujientes. ¡Óyeme!, herbívoro chiflado, tengo arroz y pan y pollo en mi mochila, y en ningún momento he devorado tu pasto, que sus ingredientes repelen mi estómago y mi papila. Dime, cabrito, ¡voy en busca de la estación!, cuál es la correcta orientación, ¡todo recto por ese carril!, dista unos seis kilómetros, plana autovía que patean sin dificultad los críos y sus estúpidos maestros.

Hija de perra repito sin cesar durante todo el paseo, pues cuanto ha tildado de sencillo y cómodo son diques que he de escalar por los escalones pedregosos, veredas estrechas aplastadas por tojos y zarzales espinosos, tramos donde se borra la vía, y supedita el rumbo a las brújulas intuitivas de intrépidos azarosos. Odiseas del terreno venzo jadeando como un toro cabreado, y donde doy un liviano salto, por rebasar cuya árida acequia es la guindilla del pastel, me topo con los raíles que sólo he de reseguir por alcanzar de los vagones su cuartel.

"El triste apeadero ya se veía de fondo"

Millas hasta su horizonte es un recorrido mágico, aire puro sin el hollín del vaho que contamina, sin los pestilentes tabacos de drogadictos que pululan por la capital en sus tascas de mosaico, y si se detiene un momento comprobará un silencio espeluznante, tan sólo roto por el graznido de un cuervo o el picoteo de aquel pájaro sobre cuya corteza es su banquete, equivale a nosotros el lechón y el bogavante. Felpudo son piedras de basalto y granito, y me llama la atención la coincidencia en las travesías entre ríeles, tienen su tablón quebrado, cual si hubiera desfilado sobre la madera carcomida un elefante o un presidiario proscrito. Característica extravagante se aprecia hasta el infinito, y allí, donde el firmamento ya destapa los secretos de su arco, se intuye el perímetro del rancho en el campo sensorial que abarco.

De apeadero quisiera halagar su hermosura, o enaltecer algún carpanel, o las ventanas de abanico, o la voluta de alguna columna, o la bóveda o las gárgolas de su arquitectura, pero ninguno de estos elementos existe en toda su envergadura. Apariencia es deprimente, tan desolador que se ausentan incluso aquellos hierbajos que brotan de las fisuras baldías, ¡ya deberían de estar aquí margaritas y tomillos!, que por germinar son datas tardías.

Desconozco la causa, pero por alguna razón cayó desgraciada en el funesto descuido de sus domadores, y por visita no tiene ni a los viles roedores. Fachada desaliñada tiene el pulido esmalte de su maquillaje caído a trozos, los cendales con el cuarterón partido y la vidriera desmenuzada en aquellos añicos que, fuese un bombardeo de aviones enemigos o una travesura de gamberro, dejó inexorable su manto malherido. Nadie la custodia, taquillas tienen aquel aspecto de la alcoba que el guarro de turno su limpieza odia, y el crepitar de los metales oxidados es por respuesta una irónica parodia. A la silla le falta una pata, y un susto tremendo me da el rodar de una lata, dado ha soplado una ventisca cual ha cruzado de las pampas argentinas a la estepa siberiana.

Prehistóricas son aquellas temporadas con sus andenes a rebosar de plebeyos pasajeros, contrasta con el actual desierto sin que deambule alfil o peón o torre por las casillas de sus tableros. Vehículos de carromatos pasan sin detenerse y con total menosprecio de la alborada a la madrugada, y el único que tiene la nobleza de parar se presentará tras el ocaso, horario es aproximado, pues dé gracias si no viene con retraso.

Por hastío y tedio me distraigo en contemplar aspectos impensables que sólo vi en películas arcaicas del salvaje oeste, como ese letrero donde se ha evaporado mote del bautizo, o aquel banco destrozado, inquilino del prado agreste. Soto dicho cartel habrá atacado algún leopardo a una cándida gacela, pues las manchas de mortífero rúbeo que han salpicado el teatro dejan mi alma en vela, ¡entiéndame!, que si aparece tigre o pantera va a rechinar mi dentadura con ese arte de la folclórica manejando la castañuela. Por seguridad volví al cobijo de su panza, y en un recodo insignificante, que por mundano es innecesario ubicar exacto, reposé dorsal en el muro y pandero sobre el tablado tumefacto.

Es difícil sospechar que acción semejante hubiera sido factible, dado en este punto se despedían familiares con lágrimas y pañuelos, de haberlo visto dirían fue un funeral y compartían los duelos, mas la contradicción les dejaría perplejos al compararlos con las transeúntes de bienvenida, calcan la ilusión de la llegada amorrados en las mamparas, y cual corcel indómito estampaban en el recinto sus caras. Aquellas epopeyas son efemérides obsoletas, y la mayor semejanza en el presente son los buitres y grajos que se posan sobre sus tejas de barro cocido, ¡seré generosa!, y añadiré al colectivo el escarabajo y el gusano que corretea por trinchera de su zócalo pintado de un repelente color jade lívido.

Marcharon hace una década como mínimo las lavanderas y operarios de su mantenimiento, albañil no ha empleado por reparar ni una capa de cemento, y a pesar de un desprecio infame para la eternidad me sorprende el vigor que muestra, mantiene intacto el dintel y alfeizar por donde se ilumina la palestra, y si golpea a la aldaba, sea por un ímpetu infantil o por el mero aburrimiento, verá que su entereza responde con un eco macabro propio de la catacumbas, ¡hágalo una vez y pare!, pues cuya estridencia produce es de aquella acidez que a los eruditos vuelve tarumbas.

Acalla el maléfico tañido en aquel sitio que, por austero y mendigo, pasa desapercibido, mas llama mi curiosidad por rebelarse al apagar ese tétrico son que acongoja cual felino maullido. Me desplazo por la estancia a ese compás de la enamorada que se dirige al altar con el ramo nupcial, adelanto ese tramo en que la novia rebasa el mainel, dejo atrás las hileras en el aurea del transepto, es pantanal crucero a flancos del evangelio y la epístola, y un pasmo me sobresalta en cuya altar debería acechar el cura al prometido adepto. Causa ha sido contemplar estupefacta un lóbrego pasillo, arrinconado invita a su banquete con un letrero cuyas dos palabras es, simple y llanamente, transporte aéreo, y poseída por el fisgoneo corrosivo que es debilidad de nuestra especie me zambullí en aquella opacidad donde es hábil, por experiencia, el lazarillo. Palpo ladrillos que viran en un ángulo recto, y al torcer según las indicaciones del noble tacto pierdo ya la guía de aquel resplandor que me señalaba la salida, ¡tranquila!, me insuflé, que de ponerme nerviosa necesito un tonel de tila.

Circuito es un laberinto, cimbrea meandros en la única dirección concedida por parapetos donde mis huellas pinto. Nítido se percibe el aumento de la fría humedad, y recorrido se prolonga sin resaltar ninguna novedad. Insolente matrona se aburre, ¡cálmese, señora!, que por el berrinche amontona injurias de cuantos partos añora, y florista fantasmal que se yergue en el ciborio con sus blancas rosas y sus orquídeas y sus gladiolos y otra flora que coincide en pétalos y peciolos solloza compungida, ¡qué le ocurre!, es por mí que se halla afligida, acometió antaño ella la misma osadía, y desde entonces vaga su espectro por la abadía.

Intestino conduce a un escondrijo diminuto, he de estar en algún trastero donde almacenaban escobas o fregonas o la sierra y el martillo, pues uso habitacional excluyo al carecer de mocheta y de junquillo. Orna la virtud de sus dimensiones el encajar la eslora de un colchón, por elevación rozo el ábside con el cráneo, y los trastos que aún alberga son unos maderos y listones de bordes curvos y sinuosos, con los que tropiezo a ciegas como hacen los ridículos patosos.

Retroceder es la sabia elección que adoptaría desde la marmota al armadillo, mas de repente suena un golpe demoledor, y el trompazo colosal provoca un terremoto que se circunscribe local. Sismógrafo detecta el epicentro donde se halla mi estatua, y el detonante ha sido el desplome de la oculta verja en rastrillo. Son propias de las fortalezas y el acceso a cualquier digno castillo, ¡quién diantres la puso!, que obstaculiza mi huida y me atrapa cual comadreja en la jaula o delincuente recluso.

De inmediato me asusté, y di un grito desesperado de socorro, pues tal casualidad ha de ser una trampa o una novatada, pero nadie me respondió, e insistí en el auxilio, ¡venir!, que me habéis confundido si os pensáis soy una forajida, ¡sacarme de aquí!, estoy a oscuras y por el bloqueo de la fuga es indescriptible la pesadumbre insoportable de hallarme perdida. Aguardé una tregua efímera, y al carecer de respuesta probé de empujar arriba la reja por sus cuadriláteros de hierro oxidado, es un diámetro perfecto en todos los puntos cardinales de aquel paralelogramo que se conoce por el mote de cuadrado. Peso recio la convierte en inamovible, y aunque pataleé y aporreé y maldije, la estructura se mantuvo invencible.

Estratagema siguiente es usar la nuez de neuronas, ha de haber probablemente un interruptor, pero hallarlo en esa atmósfera de opaco imperturbable es como perseguir un ente invisible. Manoseo por las esquinas, a latitud de la pelvis y las rodillas, persevero a región de los hombros y las costillas, y justo cuando la ira desquiciada se apodera de mi cerebro escucho ese tronar típico de pesadas botas, ¡por fin!, será algún vigilante que, guiado por la tremebunda explosión, vendrá a comprobar si hay baldosas rotas.

Vocifero rauda a ese volumen que de haber vecinos durmiendo se van a escandalizar, ¡ayúdeme!, estoy encarcelada en este zulo y la barrera no logro deslizar. Señalo al salvador mi ubicación, ¡aquí estoy!, al fondo de la tripa, y un suspiro de alivio firma por colofón el miedo que se disipa. Sujeto quien sea anda seguro y templado, ha de estar a tal suceso acostumbrado, pues en su comportamiento hay ausencia de sorpresa, y huésped discurre por el camino sin luz ni candil que se sitúa sobre la mesa. Voquible no ha pronunciado ni un miserable saludo, por vivir en estos huraños parajes ha de poseer un carácter áspero y sañudo, mas a pesar de su agrio silencio y no poder ver su efigie, transmito al arranque de mi diálogo la gratitud, sin su favor no tenía la pócima para vencer la vicisitud.

"Una luz de linterna se acerca al habitáculo donde estoy encerrada"

Sin previo aviso ni terciar advertencia, un foco de luz potente neutralizó las esferas de mis glóbulos oculares, dado fogonazo monarca provocó el trámite de aplacar los párpados, girar la testa, y rogar apuntara en aquel margen del establo donde dormita el chivo su siesta. Petición desechó, y con el halo del faro trazó una cruz libidinosa en cuyo segmento transcurrió entre ambas clavículas, y en cuanto respecta a la perpendicular anduvo de mi longo cabello rubio hasta ese hueco en región de la sínfisis púbica que los asnos codician por meter sus angulas.

Maticé que nada he robado, oficio desdeño de ladrona, y a lo sumo he cometido el error de inmiscuirme como una ratona, y al disculparme sincera salió del energúmeno el precio a pagar, quitarme toda la ropa es la tarifa que debo sufragar. Un temblor me acució por completo, y antes de sucumbir busqué otra negociación, ¡escuche, caballero!, tengo un buen fajo de billetes y ducados en el monedero. Convencida le dije, ¡quédese hasta el centavo y el maravedí!, que el episodio prometo será fruto de olvido y secreto, pero el macaco tuvo por réplica el perverso gesto de esfumarse por incumplir su decreto. Rectifiqué en medio de unos bramidos alarmantes, y su regreso atraje al jurarle que de todo hilo de ropa me desvestí.

Frenó su marcha, retrocedió los metros ya alejado, encendió lámpara que su bombilla la claridad fecunda, y cañonazo que exhaló escudriñó los senos y la pelvis con una desfachatez nauseabunda. Cubrí por vergüenza y pudor la superficie erógena que apunta, pero el camuflaje le enardeció a tal punto que decidió aplicar una represalia por mi negativa a colaborar, es una soga cual desenvolvió por atar. Orden suya es aproximarme al máximo a la cancela de la prisión, acaté por ser la única opción, y ya en aquella distancia que me apartaba tres míseras pulgadas del metal volví mi espalda a cual villano procedió a mi detención. Cuerdas enrolló en mis muñecas atrás a sombrero del escafoides y piramidal, rodeó el suburbio en círculos hasta el quinteto, y en ese giro perecedero desvió la órbita por el desfiladero entre el cúbito y el radio, condujo el cabo de la estratosfera a la madriguera, apretó firme y agresivo, y finiquitó con una serie de nudos complejos que sellaron la rudeza del amarre constrictivo.

Musité yo la plegaria del mártir que apela a la clemencia y la misericordia, pero ningún destello de piedad mostró esa bruto que estaba enfadado o me odia, ¡dime que te he hecho!, si soy neófita en este terreno, y no he saqueado ni un grano de trigo o semilla de centeno. Contestación verbal suprimió en la absoluta afonía, y absorto en su obscenidad procedió en consolidar mi cautiverio con otra ligadura, colocó la jarcia a falda del húmero, rebasada la aduana de codos que se aferran entre sí, y las circunferencias que describió por la periferia son un cuarteto su número. Repitió aquel recorrido descrito de las nubes al cráter, y constriñó con tanta energía que mis brazos quedaron en una inmovilidad absoluta, y los cuales apenas desplazaba en una línea recta parca y enjuta. Lacró con esa energía que anula atisbo alguna aflojar, y justo en ese instante escuché su primera frase, fue un desprecio sarcástico cuya rúbrica final resultó el adjetivo de puta.

Timbre deduje es de un varón cincuentón, notas de su laringe eran una extraña mezcla de semifusas y mordentes, y por si acaso había alguna duda, en la realidad de su horripilante epitafio, confirmó su saña diabólica agarrando mi melena con modales de rudo neandertal, empujó hasta topar brusco el occipital con el metal, y sin inmutarse por mi grito doloroso con el trompazo realizó una maraña con los pelos que se enraízan en el cóncavo posterior del parietal. Tal artimaña le sirvió para mantener mi cabeza inamovible, atrapada en los barrotes, y ya sometida a esa reclusión vi surgir una bola cuyo tamaño excede de la pelota de golf, ligeramente inferior si comparo con su sobrina del tenis, levitó donde los cavernícolas masculinos lucían sus bigotes, y me mandó abrir la boca en aquella dilatación de los hipopótamos y pasmarotes.

Por rechazo obstruí los labios en esa tenacidad que ni la mosca encuentra oquedad, pero estrategia del cencerro fue apretar mi garganta con aquella fiereza y alevosía que obstruyó los conductos de la tráquea, y ni una muestra de remordimiento dio el patán. Hubo de ceder, y aprovechó el resuello que emané, cuando abrí la escotilla, para introducir la mordaza en el cuenco central de la cavidad bucal, tras de los torreones de los incisivos y caninos, y un escalofrío me sacudió entera por la conducta típica de violadores y asesinos. Correas divididas que incorporaba el armatoste transportó a la nuca por las mejillas antónimas, cartografía señalaba por debajo de los lóbulos, y al encuentro en el cóndilo abrochó la hebilla con aquella rigidez que hundió el cuero en los pómulos.

Mi calma mal disimulada, aquella cual merodeaba contenida y abreviada, se resquebrajó en mil pedazos, y un rosario de jadeos proferí en cuyo idioma es un jeroglífico, similar a cuales símbolos del antiguo egipcio es un enigma mítico. Parejo es al sumerio o arameo, pues abundaban por consonantes las emes y las efes, se colaba alguna ge, si apuro incluyo en minoría la pe, y las vocales que acompasaban se saturaban de las aes y las oes, ¡donde están las demás!, las congéneres holgazaneaban y las íes latinas se reservaban súbditas a cuando el gozo marca el compás.

Disfrutaba el bellaco de mis lamentos amordazada, mas al oír un sonido que me inquietó hice un paréntesis, ¡qué es ese ruido!, predigo es el filo de una hoz que taja las espigas en su cosecha expoliada por la diócesis. Comparativa fue acertada, sustituya la guadaña por las tijeras, y los cereales por las greñas que cubren las calaveras. Corte inmundo decapitó mi cuco peinado a jirones, podó en la sutura sagital, rapó en la coronal, taló el prado hasta donde delimita con los huesos esfenoides, y arrasó la crin por donde le salió de los cojones. Calabaza mía dejó sin fraque, tan sólo unos meros tallos irregulares que me dibujaban un rostro tortuoso y escarnecido, culpable diría la vieja charlatana que ha sido la furcia, o un barbero truhan en el clandestino taller del badulaque.

Con un empujón me ahuyentó de su cercanía, y mediante un sistema de cables medievales, escondido en un cuchitril inalcanzable, elevó la compuerta de mi celda. Escollo se disipó, legua que nos separaba se hizo trizas, y con la premura de cual pirata se abalanza sobre el cofre de diamantes, puso sus falanges distales sobre cuyos pechos se concede el permiso exclusivo a los amores y amantes. Melones aparté en un acto reflejo, mas por mi repudio el bandido frunció el cejo, alzó sus tentáculos como pinzas de cangrejo, y con la furia de un tornado quiso tirarme sobre el puzle de azulejo. Batallé con ese ardid de quien se opone a la agonía, y con las armas que disponía arrojé patada contra su espinilla, ¡estéril fue al ir descalza!, que por su grueso pantalón sólo sintió una liviana cosquilla. Arremetí entonces con la coz en la rodilla, idea es causarle una cojera que le impida perseguir al caracol y la ardilla, pero esquivó con agilidad el embate al vuelo, y aquel jugador de casino apostó toda su riqueza a que el bellaco salía vencedor del duelo.

Arrasó en el premio, ganancias son de asaltar la banca, pues el batracio logró situarse en mi retaguardia, y por zafarme de su inmovilización basculé con amagos y regateos en que son duchos los jugadores de baloncesto, pero hasta acaros en su sombrío nido vieron inevitable mi arresto. Agotada por el esfuerzo mayúsculo que son las restricciones, hice un reposo por recobrar el brío inicial, pero la tregua es fatal, porque el canalla usó el descanso por trabar mi equilibrio con la argucia de una zancadilla, y caí en plancha cual filete de lomo a cocerse en la parrilla.

"Me folló mientras me tenía atada y amordazada"

Trompazo me dejó aturdida, y gladiador despiadado que se sabe victorioso se arrojó sobre mí, piernas me abrió con sus músculos portentosos, y herramienta del trabuco preparó por esos actos que merecen el apodo mezquino de pornográficos escabrosos. Lanzó enhiesta apuntó a la entrada de la gruta, y al penetran como un mísil en caverna seca provocó unos rasguños que fueron la causa de mi aterrado alarido, sonó con esa sintonía que eriza los poros de la piel, y aun así siguió el fauno con aquel desprecio típico en la escoria que ni se inmuta. De la embestida llegó al fondo, y por la cadencia en el taladrar diría tenía prisa el fulano, perforaba y extraía sin asomar al exterior, ralentizaba el ascensor en el vestíbulo de la mina, y al volver en su caída al abismo gruñía el mecanismo del descenso con la calcada serenata a la matanza del marrano.

Exclamé yo un confuso abecedario, son letras inconexas donde se humilla los diptongos y los hiatos, y alumnos que oyen la cinta piden un traductor experto en el vocabulario, aducen es sánscrito antiguo o un dialecto de patos. Transcrito en frases equivale a la escritura cuneiforme, y la melodía de la tuba amordazada era un soplo deforme, ¡nadie me entiende!, digo que su furia me arrastraba cual bayeta limpia el polvo del mueble, y yo angustiada me deslizaba con esa ligereza de la pluma endeble. Nadie me comprende, que suplicaba se retirase del acople en los dos cuerpos terrestres, mas prolongaba la unión por un periodo que emula al semental con la yegua en su alcázar ecuestre.

Pintor plasmaba el amor en su lienzo al óleo, tejano disparaba de alegría al cielo porque broca va a extraer petróleo, y ni uno ni otro atisbaban que por el miedo horrendo me temblaba desde el trapecio al sóleo. Besaba el maldito por donde le daba la gana, manoseaba por los glúteos desprovistos de sotana, y la empatía que mostraba es análoga al sapo con la rana. Blasfemias tenía un buen repertorio en su diccionario, y por refranes iba provisto del fúnebre al lapidario. Recitaba un par a cada ráfaga, y desconozco si lo hizo adrede, pero consiguió una rima excelente al profetizar mi destino por cuyo filo maneja el espadachín con su letal esgrima.

Decayó mi ánimo como girasoles ante la puesta de su alabado sol, y palpitaba mi corazón que, si afina el oído, escuchará una cacofonía cual sacerdote invoca al demonio poseído, ¡calla, charlatán!, es el latido ametrallado por la violencia inhumana de este orangután. Alocado morrea por la barbilla y el gaznate, jadea con esa congoja que el locutor despistado tiene dudas acerca quién pierde el combate, y las punzadas donde habría de haber la falda presentan una armonía intermitente que, por emitir su pronóstico, le hace ser prudente. Sermón es un tópico en los siervos papagayos de un genocida dictador, y de ser usted virtuoso en el raciocinio sabrá yazgo yo atada, y mastodonte que me sobrepasa un fémur en altura, y me duplica entre escápulas la anchura, me tiene bien apresada. En cortijo no hay nadie, y falta encontrar un símbolo que la esperanza irradie.

Pausa que dio un alivio fue engañosa, sólo quería un juego travieso con el reflector, proyectaba el chorro lumínico de los chaflanes a mi vera, y comprobé que cuyos adornos confundí con troncos y tablas al roce son un cementerio terrorífico, que se expandían de mi ribera al colector, esqueletos despiezados, el manubrio y la rótula o la zarpa que le falta mitad del metatarsiano, omoplatos e iliacos cuya incisión debió originar el sable de un espartano, y frente a mí aprecié la caduca y vieja cáscara que da los rasgos de la jeta, maxilar y mandíbula que se dilatan, dientes en un porte que espantaban, malar en primer plano, y pisiforme con una rotura de quien ha sido sometido a un rito religioso o pagano.

Conmocionada me aparté, pero por el impulso noté un contacto con mi dorsal, es un esternón con su coraza intacta y una presencia que es la broma repugnante de un psicópata infernal. Por tal decorado me quedé paralizada, y de mi garganta emergieron unos mugidos que me delataron acobardada. Bregué con un desespero inimaginable por hallar en las ligaduras alguna grieta, pero fosilizadas me impedían ninguna defensa de su nueva agresión, allanar el túnel en la peor de la invasión, y los gemidos que proferí carecen de calificativos para su descripción.

Granuja profundizó su garrote en el regocijo que le mandó su egoísta diversión, matraca que perseguía en serio la meta, arrasó de la cima al vértice de cada teta, apretujó cual panadero amasa la harina, y al pezón lo retorció con esa criminalidad que mi ilusión arruina. Falo cuyo vetusto diseño es por fábrica desde la era de los dinosaurios pulverizó mi fosa como el mortero machaca el ajo, y las arañadas que me herían preguntaría cualquier doctora si se infringió con un estilete o un estropajo. En receta quise la pócima de un alquimista, o toparme con aquel mozo que se cuela por garabatear su arte urbano en ruinas y allende de la pista, dado arroyo que resbalaba del orificio es aquel cárdeno brebaje sagrado en la vida, si son gotas templadas ha de parchear, pero si derrama a borbotones dese del almanaque la despedida.

Velocidad de vértigo alcanzó la paliza en mi cadera, hervía el horno que el termómetro registraba mayor grados en su longaniza que en la caldera, pero en el bullicio se deleitaba por la satisfacción de mortificar, y retrasaba el desenlace lo suficiente por soltar esas oraciones malignas del que se niega a desatar. Hablaba cual si fuera el pregonero plomazo en las fiestas del barrio, hundía que el salchichón va a atravesar la corteza del globo de oriente a occidente, y el discurso soez que pregonaba me indicaba soy rehén de un demente. Tanta sarta de calamitosas amenazas le excitaban hasta rebasar el confín de la locura, y denoté su inminente explotar en que diseccionaba las sílabas en una mera abreviatura, es el sí afirmativo que se repite cansino e interminable, son dotes de tenor en la fase inaugural, y de juglar en los espasmos tras el éxtasis gutural.

Radiante por el triunfo, se apremió en el manejo de otro ovillo, enredó a boina del maléolo, juntó los tobillos mientras disertaba una prosa de sátira turbulenta, dio varios rodeos en bucle de levante a poniente, y en aquella metodología de dirigir el hilo, del ártico al antártico, ciñó la presión que con nudo sustenta. Aplicó la técnica en su forma siamesa a mitad de la tibia y el peroné, realizó una tercera maniobra envolviendo el grácil y el femoral, estrujó a conciencia de hacer daño, y con las piernas atadas de cabo a rabo se fijó en cuyo gancho pendía en la polea del travesaño.

Me revolví iracunda y colérica, ¡he de escapar!, que de colgarme este tirano es capaz, mas la pelea fue un penoso rodar de croqueta, que consigue simplemente las burlas en el lunático anacoreta. Indiferente a mi banal forcejeo, esbozó un peculiar amarre del talón al garfio arrimado, procuró garantizar un inequívoco enganche fijo, y al dar el aprobado alzó mi fardo como marinero que enarbola grimpola en el palo de trinquete, o vela del mástil en un periquete. Pendí perpleja boca abajo, trecho que me separaba del suelo era bastante por desfilar la manada de jabalíes con absoluto desparpajo, y su actitud invocaba a esos rituales que al humano en sacrificio le desborda la amargura, mientras druida se encarniza en la destreza de su maquiavélica tortura.

Murmullos exiguos que me autorizaban la mordaza apelaban a su misericordia, ¡détente!, que lleva clavos cuya longitud excede del índice, y el mazo es un símbolo que el horrible martirio me predice. Pinchó con su púa invertida en las ranuras entre cuneiformes y cuboides, y necesitó sólo un par de certeros impactos por cruzar la armadura carnosa desde la bodega a la buhardilla. Hincó otro gemelo por el navicular, surgió por el altillo habiendo trepado desde la fascia plantar, y a chistera de la tróclea en el calcáneo empotró la triada cuyo doloroso tormento no hay remedio por mitigar. Engendró tal lesión que metatarsianos sucumbieron a una parálisis absoluta, y logró de este modo que mis dedos moraran inertes y estáticos al ritmo de su batuta.

Entre la niebla ennegrecida depositó los artefactos de carpintero, mas cuanto portó de nuevo son cuyas tijeras es instrumento del jardinero. Gimoteé en aquel brío de quien moribundo se ve en la sala de espera de la muerte, pero artesano no dio signo de clemencia, asió el meñique de cada pata, y cercenó por donde los tendones del flexor coinciden en el baile con su abductor. Aullidos amordazados fueron de aquel canto que estremece a leones y hienas, apéndices guarda en líquidos de sus frascos como trofeo, y en el desbocado agite que me convulsioné llegué a distinguir los filamentos de la venas.

Minutos siguientes transcurrieron que el zopenco actuó como médico sádico, y saturó la hemorragia con un cosido que, por el suplicio o el desfallecer, ni sentí su aguja o el zurcido esporádico. Terminó el parche, y artesano chalado empuñó aquel aparato que es clásico en las películas del oeste, dícese del látigo cuyo silbido luctuoso, al cortar el aire, teme la hueste. Blandió desde su cola del aeropuerto, y estrelló su cordón a todo trapo contra cuyas nalgas dibujaron ipso facto un surco bermejo en su huerto. Flageló y fustigó que el espectador tomó asiento en la platea, dado la escena rememoraba la sanción inquisitoria de los obispos con la arpía y la atea. Cinco y diez y veinte se contó en dar leña, ¡fíjese bien!, formó equis y emes y las aes y las zetas en mayúsculas, ¡estese atento!, que el filólogo emocionado acentúa su descubrimiento de las uves y las eles en minúsculas.

Se ensañó con tal ira que, en el descontrol y la mala puntería, colisionó demasiados embates por el bíceps y el serrato mayor, y atajó el vapuleo cuando mis bufidos resonaban cual búfalo exhausto se postra abatido sobre la sábana africana. Acercándose a mí, se entretuvo un buen rato en contemplar mi silueta muda y mutilada, vándalo envuelto en el abrigo de la opaca lobreguez, y yo con el iris incapaz de encajar la iridiscencia de cuyo chorro luminiscente incrementa esa clima de sordidez. Demoró malévolo cuanto quiso sin preguntar por mi estado de salud, e interrumpió la calma por traer un estuche rectangular, ¡qué contiene!, son finos aguijones cuya largarie atraviesa el espesor de un ataúd.

Calentó las alabardas en el fuego de una llama alrededor, y al moldear mis senos me temí lo peor. Apliqué el poco furor del que disponía en cuya resistencia quise denotar es insufrible cuanto pretendía, mas agarró la ubre sin muestra de caridad, insertó el arpón por la base de los ligamentos suspensorios en su vértice, y en la antípoda abrió boquete la hélice. Alistó al regimiento nuevos soldados, desde la hendidura cual el populacho llama por canalillo hasta el suero cutáneo, de las glándulas mamarias al seno lactífero, en la aureola y el pezón, con punciones minuciosas que ninguna es un percance mortífero.

Recé porque el tarugo me fusile ya a balazos, o me ahorcara colocando en mi cuello los lazos, pues en estas circunstancias el dolor que me oprimía por toda la figura era de tal magnitud que mi nombre no recordaba, cumpleaños habré de consultar en algún burócrata cerdo, y dónde vivía tan sólo presagio, por muchedumbre abrumadora, será en algún municipio de gentío necio y lerdo. En tal desvanecimiento aprecié un balanceo, y al ojear si era real o desvariaba distinguí inconfundible la tapa levantada de un pozo, justo debajo de mí, que el verdugo transformó en un calabozo. Parcela es la precisa para encajonar un cadáver, y el restante espacio libre da por el desfile de una hormiga, pero insectos listos y laboriosos lo tienen claro, ¡todo tuyo!, que en su mausoleo no tienen ninguna amiga.

"Atada y suspensión boca abajo en el interior del estrecho pozo"

Eje rotatorio me descendió suave y cínico, maldad es clavada a los científicos con la cobaya y el mono en su ensayo clínico, y en el tramo donde mi glabela ya traspasaba la aduana me plegué como oruga a la defensiva, ¡por qué de esa técnica!, se debió a la carencia de ataque frustrado o inútil evasiva. Berreé y gruñí vocablos cuyo significado es que pare el cachivache, mas continuó inexorable sin tropezar con ningún bache. Ancla echó conmigo encajada en el interior del cubículo, posado es atada en suspensión boca abajo, con el enyesado que me rozaba por los cuatro costados y el fondo oculto que la vida me amputaba, mas el misterio se resolvió con el fulgor que le descubrió, eran periostios y cartílagos y epífisis y osamentas quebradas por la diáfisis, de quienes cayeron a su devenir insalubre. Bozales hay una triada, ¡sé de quién se trata!, aquellos cuyas quimeras dicen jamás se hallaron, y que por egoísmo los mamíferos vertebrados les olvidaron.

Un miedo indescriptible pobló todos los poros que se esparcían en mi dermis, y me dije ¡ahora o nunca! la exigencia de enfrentarme contra ataduras que se resistían, yo intentando debilitar su firmeza con un rosario de óseas retorcidas, y las sogas que en el compromiso de sus deberes insistían. Apiadarse demandé, dado esta es una de aquellas situaciones que justifica la desobediencia, pero en participar del motín se negaron, y las desagradecidas procedieron con su total intransigencia. Contienda se acabó, y besugo arrastró la losa que el foso tapaba. Visión se redujo a cero el milímetro, y el silencio impertérrito tan sólo fue perturbado por mis plegarias a sentidos naturales que se desvanecían, adiós se decían mientras aguantaba el pulso cardíaco en su cetro.

Párrafos finales del relato yo se los desgrano escritos en tercera persona del singular, dado aquel ángel o la ninfa o la hada, o como vos la prefiera llamar, ni colegas ni afines la volvieron a ver, y de su fúnebre fortuna nadie llegó a saber. Se extrañó aquel cortesano que atiende en el mostrador de su discreta librería, pero el memorizar perduró tanto como un aplauso, dado entró en cliente a comprar una obra literaria, y el parco homenaje se evaporó sin votar por suerte millonaria o adversidad funeraria.

Ni una alimaña asquerosa, de cuantos burros y primates y cernícalos suman la cifra de habitantes, se percató de un detalle, se ve nítido desde aquel arcén que cumple su tarea de calle. Yo le digo cuál es, ¡mire!, ¡siéntese!, tómese aquel recreo que usado por reflexión le alimenta el intelecto, y observe escrupuloso del apeadero su aspecto. Aquel arco de medio cañón decaído muestro repentino un reforzado por perpiaños, y a ras de la jamba donde tropezaba el torpe y el incauto se ha construido un peldaño. Dovelas se han limado hasta eliminar sus raspaduras, y el cimacio que le lustraba con un toque bonito ha recuperado cuyo fantástico esplendor le denegaron políticos corruptos y caraduras.

Sígame en la excursión, alce la mirada al pendolón y virotillos que han estabilizado las tejas trémulas sobre la cubierta mansarda, y tras la saetera, si se asoma de puntillas, hay un brillo fascinantes, vaticino es la seducción de la luciérnaga o el espíritu de una mujer gallarda. Ábaco es loable su mejoría, y la causa que justifica su recuperación milagrosa es difícil de explicar, dado andamio no hay, obrero ni se acerca, huella de calzado es tan sólo la pezuña de ciervos y corzos que ignoran la cerca, y oriundo del recinto son arácnidos e insectos y la liebre arisca y terca.

Tesis delirantes hay múltiples, pero maquinistas al volante dicen del apeadero estar encantado, que habita un titán satánico y malvado, pues la majestuosidad de las reformas, y la robustez con las que arropa las fracturas, muestran un estilo y un arte al alcance tan sólo de fuerzas obscuras. Hay patrones que van más allá de ese surrealista conjetura, y abogan por ser la propia estación quien se sana, con viajeros ingenuos que atrapa en sus fauces, y al digerir el homínido, tal cual se tratase de una flor carnívora, obtiene con los jugos la masa viscosa por elaborar adobes y argamasa, ¡de ser verdad no se escandalice!, para sus paredes somos otra más de las sabandijas que pasa.

Es muy buena noticia, aunque es innegable la reflexión, ¡hágala vos también!, si de la crónica se queda con buen sabor en el gusto, o la fábula le supone un disgusto. Ruego sea sincera, hembras y machos, en su estudioso pensamiento, y dígame si predominan las sensaciones por la feliz reseña o el pormenor sangriento. De haber obviado la segunda emoción sin percatarse, ¡no se preocupe!, ¡asúmalo!, tenemos instintiva esa herencia genética primitiva de cual depredador disfruta siendo asesino y violento.

 

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