Entramos en esta habitación de un edificio abandonado donde resaltan los graffittis de vivos colores sobre el blanco de las paredes, iluminado casi con un brillo singular por la luz diurna que entraba a través de las ventanas. Quedaba bonito, y los graffittis es un arte, pero es un arte siempre y cuando se pinten en el lugar adecuado. Creo que el graffitti es un arte que debe de contribuir, aportar, expresar, de forma atemporal, pero es muy importante el escenario escogido. No me sirve el arte cual sea en lugares equivocados.

En los edificios abandonados hay muchos tipos de graffittis, que acaban derrumbados al mismo tiempo que caen los ladrillos, casi siempre por la mano humana. En muchas ocasiones estos terrenos se venden y los nuevos propietarios construyen sus edificaciones, pero también se derrumban por intereses económicos. Suena raro, lo sé, pero existe la realidad de que muchas veces la especulación inmobiliaria quiere comprar un edificio al borde del derrumbe, pero el precio tasado o la valoración del Ayuntamiento local es caro, burocrática o complicada. Los especuladores sin escrúpulos hacen que vaya gente para derrumbar paredes, prenderle fuego o convertirlo en ruina, si la situación lo permite, como sería su intimidad, solitud, silencio, u otros factores. De esta forma son más baratos porque se devaluan. Esto es la realidad innegable de la gente asquerosa, sí. Esta asquerosidad existe, y os he dicho miles de veces que la gente me da asco. Lo he escrito en la galería publicada en la fecha anterior, y seguro que en centenares de artículos que ya ni recuerdo.

Decidimos hacer la sesión vestida de colegiala, atada de pie por tobillos y muslos, con los brazos atados a la espalda y las cuerdas enrrolladas por el cuerpo, aguantándose sobre tacones altos finos y amordazada con cinta blanca. Los colores rojos y blanco creo que eran los más acordes para ese rincón. Hay que vigilar porque en estos edificios puede venir gente en cualquier momento, y nunca sabes las intenciones de la gente que viene, pero esta vez tuvimos un día tranquilo. Aún así, yo no bajo nunca la guardia ni un segundo. Cada día es distinto, y hoy no es ayer. Es una máxima que jamás se debe de olvidar.