Durante unas vacaciones, vimos desde la autopista un castillo sobre una colina. Teníamos que visitarlo y conocerlo. Tomamos la primera salida de la autopista que encontramos, me metí por dónde no sé qué caminos de tierra, con el coche botando como una pelota de baloncesto, luego derecha, izquierda otra vez atrás, y al final lo encontramos.

Era un bonito castillo, y no estaba prevista la sesión, pero llevar una agenda demasiado planificada es triste y aburrido. La improvisación, la valentía, la aventura, nos enriquece. La gente vive su vida con todas las horas escritas en la cotidianidad y la rutina, y nosotros no compartimos ese ritmo de mierda.

En el maletero del coche teníamos un poco de varias cuerdas en distintos colores, rojos y rosas para ser exacto, y decidimos experimentar. Esto es la aventura.

El castillo era pequeño, relativamente por ser un castillo. ¡Ni idea de su historia! Lo importante para nosotros fue el imponente arco que se veía antes de entrar, por su pared derrumbada. Tomamos las cuerdas, vestuario al estilo camuflaje, y fuimos directos al arco. Era gigantesco. El castillo era pequeño, pero el arco era increíble para un castillo de esas reducidas dimensiones. Las cuerdas casi no abarcan el grosor. Para hacer una idea al público, cada una de aquellas cuerdas hace en torno a diez metros de largo, y una vez cruzadas por encima del arco no llegaban al suelo. Con el ángulo fotográfico abierto, captando los dos arcos consecutivos, se ve la modelo muy pequeña, mostrando claramente el considerable tamaño de esos arcos.

Decidimos hacer una suspensión fácil, al rol de prisionera medieval atada, porque el sol daba una sombra guapa reflejando la figura de Thyffany en el suelo.

Vimos que ese castillo tenía otras partes fotográficas, pero aquel día no teníamos tiempo. Todavía íbamos a estar tres días más de vacaciones, y decidimos volver al día siguiente.

Nos gustaban las escaleras de piedra que conducían a una especie de campanario, si nos guiamos por la forma del edificio. Tiene una ventana perfectamente redonda y un arco en la puerta que yo diría ha sido reformado en algún momento del tiempo. No soy historiador, pero no tiene aspecto de tener la misma antigüedad que el resto del castillo. Las escaleras de piedras estaban casi como decoradas con esas bajas hierbas de un verde resplandeciente. El cielo azul contrastaba con aquel edificio, la única parte en pie del castillo, y decidimos hacer las fotos sentada en las escaleras, de tal forma que pudiera captar con la cámara el escenario completo.

Elegimos para esta segunda sesión unas mallas elásticas, con los pechos desnudos al descubierto, los brazos atados a la espalda, y amordazada con un ballgag rosa cuya correa roja era de un color muy similar al de las cuerdas. Comenzamos a hacer fotos, pero la sesión fue más corta de lo deseada, porque apenas llevábamos cinco minutos de fotos que escuchamos en la carretera de acceso un autocar que venía al castillo. ¡Turistas! Era un grupo de treinta personas más o menos superior a los 50 años, que no sé de dónde eran porque hablaban un idioma que yo no entendía nada. No sé si era armenio o búlgaro o algún idioma del Cáucaso.

Cuando llegaron los turistas ya no quedaba ni rastro de la sesión. ¡Todo controlado! La modelo vestida, todo guardado, y con apariencia total de ser turistas también.

Las vacaciones siempre es aventurarse, explorar, y conocer. La sesión se nos hizo corta, y nos animamos a volver el día siguiente. Ya habíamos visto que aquí vienen turistas, vecinos a pasear los perros, gente con bicicleta y mil historias, así que la tercera sesión fue fácil, en la entrada del castillo. Comenzaba a anochecer. El sol estaba bajando, muy cercano a ponerse por las montañas, y se estaba ensombreciendo mucho. No había una buena luz, y tuvimos que ir rápidos, porque nos habíamos pasado el día disfrutando de ese viaje.

Volvimos a usar los pantalones de camuflaje verdes, con botas al estilo militar y, a diferencia de la primera sesión, esta vez con los pechos al desnudo. Fue con la modelo sentada en la entrada del castillo, con forma de arco pero sin puerta. No hay ninguna puerta en todo lo que queda del castillo. Debía de ser sobre todo algo sencillo, y para ello busqué con las cuerdas rodear su cuerpo, sus piernas atadas apresadas con la cintura y los hombros, los brazos a ambos laterales para dar elegancia al posado, e intentar captar de fondo las escaleras y aquella parte del viejo castillo en pie.

No es un castillo en ruinas, y tampoco está abandonado. Hay gente. Nosotros estábamos de viaje y vacaciones, y con esos tres días ya fue divertida la experiencia.