Después de haber hecho las fotos en el arco fuimos a otro escenario, dentro todavía del Castillo. Es pequeño, y por lo tanto tan sólo tuvimos que recorrer veinte metros entre las hierbas y piedras caídas de los muros hasta las escaleras de piedra que conducían a una especie de campanario, si nos guiamos por la forma del edificio.

Tiene una ventana perfectamente redonda y un arco en la puerta que yo diría ha sido reformado en algún momento del tiempo. No soy historiador, pero no tiene aspecto de tener la misma antigüedad que muestra el resto del castillo. Sea cual sea, como lugar donde ambientar otra sesión fotográfica nos gustaba.

Quedaba muy elegante el enfoque todo completo. Las escaleras de piedras estaban casi como decoradas con esas bajas hierbas de un verde resplandeciente, supongo por la lluvia reciente de la noche anterior. El cielo azul contrastaba con aquel edificio, la única parte en pie del castillo, y decidimos hacer las fotos sentada en las escaleras, de tal forma que pudiera captar con la cámara el escenario completo.

El bondage fue sencillo, porque el sol no tardaría mucho en esconderse por la montaña que cada vez iba prolongando más las sombras hacia nosotros. Elegimos para esta segunda sesión unas mallas elásticas, con los pechos desnudos al descubierto, los brazos atados a la espalda, y amordazada con un ballgag rosa cuya correa roja era de un color muy similar al de las cuerdas.

Los colores de la mordaza y las cuerdas hacían un contraste sensual en la escena, porque eran los únicos tonos rojos fuertes entre todo ese color verde, azul y piedra.

En algunas de las paredes de ese bello lugar había pintadas, la del típico idiota que no sabe lo que es el respeto, y cuyo máximo logro o aspiración en sus éxitos de la vida es ser el patético autor de esas mierdas de pintadas. No queda bien, pero idiotas de estas características aquí nos sobran. Tengo mis opiniones personales al respecto, pero no es necesario comentarlas.

La sesión fue más corta de lo deseada, porque por encima de todo está la seguridad imprescindible. Apenas llevábamos cinco minutos de fotos detectamos en la carretera de acceso un autocar que venía al castillo. ¡Turistas! ¡Están en todos sitios! Era un grupo de treinta personas más o menos superior a los 50 años, que no sé de dónde eran porque hablaban un idioma que yo no entendía nada. No sé si era armenio o búlgaro o algún idioma del Cáucaso.

En dos minutos, cuando llegaron los turistas, no quedaba ni rastro de la sesión. ¡Todo controlado! La modelo vestida, todo guardado, y con apariencia total de ser turistas también.