Este invierno hemos tenido un temporal muy fuerte de lluvia y viento. Llevamos un par de años con mucha lluvia, y esto es muy bueno. Los bosques están mucho más frondosos que hace unos años, muy crecidos, con mucha maleza muy espesa, y ciertamente están muy bonitos. Esto es naturaleza. Así crece la naturaleza a su ritmo, sin la asquerosa mano humana que se ha creído que las montañas son el jardín de su casa de mierda. Esto no es un jardín, dedicado a los imbéciles que no se han enterado. Este paisaje no es ningún peligro. El ser humano sí es peligroso. La gente es el peor de todos los peligros.

Yo hago excursiones adentrándome en los bosques desde mi infancia, cuando jugaba en las montañas. Nunca me he perdido. Me guío a la perfección. Quizá, podría ser digo, también estoy perfectamente preparado y entrenado, pero esto ya es secreto de mi vida personal.

En este tramo de bosque, pasando por recorridos donde no había ni tan siquiera camino, nos encontramos con este árbol caído que emergía de la maleza, con toda probabilidad por la lluvia o el viento dado estaba levantada su raíz. Sus ramas habían quedado erguidas como los mástiles de un velero, y nos pareció que quedaba un encuadre bonito y selvático, porque los bosques de nuestro país no son como las selvas tropicales, y no suelen ser excesivamente tupidos. Tampoco son impenetrables. Este es otro clima.

La idea fue atada al árbol, de pie, desnuda y con los ojos vendados, para dar ese toque de misterio y sensualidad. Daba la impresión de que no iba aser fácil hacer las ataduras de las manos, pero tampoco es imposible. El sentido común, la madurez, la inteligencia y la experiencia, siempre encuentran la solución de cómo atar, y resultó que fue mucho más fácil de lo que podíamos pensar. El árbol es grande, y era como andar por un puente.

Esta es una de esas sesiones bondage eróticas que forman parte de la fantasía y la excitación de la gente, y que millones y millones de chicas y chicos, ambos sexos por igual en todo el mundo, tenemos en nuestra mente.